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“Algo cálido e inalcanzable” o cómo un director de multinacional abandona su adicción al sexo y Cocaína

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Alicia Pérez

“Él no era, ni sería nunca, un animal hermoso. El mundo era lento y frío. Sin embargo existía una cosa cálida que las mujeres tenían entre las piernas; pero él no tenía acceso a ella”. (1)

Bruno cierra el libro. “Las partículas elementales”, Michel Houellebeq. Se ha reconocido en esa frase, como si el autor hubiese contemplado por una ventana al muchacho de hace cuarenta años, aquel que se convertiría en Bruno Arrianza, director de una multinacional, esposo, padre y ex adicto. El terrible Houellebecq escribe sin concesiones; la realidad duele sin concesiones. Pero si alguien ha escrito eso, las vivencias de Bruno no están fuera de lo común. Se siente comprendido y se comprende desde las páginas escritas por un desconocido. ¿Cuánto hace que no leía una novela? Es uno de esos placeres que su obsesión por el sexo y la cocaína no le habían dejado disfrutar en muchos años.

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Respira hondo, reposa la cabeza en la hamaca y cierra los ojos, desmenuzando las palabras que acaba de leer. Allí está el origen de su adicción, lo comprendió en terapia. Ese “mundo lento y frío”, la crisis de la adolescencia, la tensión de una carrera durísima; él también deseaba el calor de una entrepierna de mujer. Sus amigos tenían éxito con las chicas. Bruno envidiaba sus pectorales, su estatura, su verborrea. Él, en cambio “nunca sería un animal hermoso”. Tenía inteligencia y perseverancia. Eso no impresionaba a las chicas de su edad, pero Bruno supo que no le faltaría nunca dinero para comprar ese calor que necesitaba. La noche que se licenció como ingeniero en Telecomunicaciones fue la primera vez que pagó una prostituta.

Una descarga de la tensión. Placer para aliviar los problemas. Además, en aquellos encuentros Bruno se convertía en el macho alfa por unas horas. No tenía que demostrar nada ni le causaba malestar saber que aquellas mujeres no estaban con él por deseo. Una buena profesional sabía hacerle sentir deseable. Importante. Seductor. Es un juego, siempre lo supo, pero le servía de refugio y de vía de escape. Era su derecho, lo había conquistado. No iba a renunciar a él, se decía; sin comprender que ya no era libre para decidirlo.

Cuando conoció a Laura pensó cambiar: una mujer le quería y le deseaba tal como era; cálido y a su alcance, tenía el refugio al que regresar después de un agobiador día de trabajo y podía disfrutar de un sexo con verdadera atracción mutua. Pero al poco tiempo estaba frecuentando los mismos prostíbulos. Se casó con Laura, pero seguía necesitando esa vía de escape. Semana tras semana, año tras año, sin darse cuenta, el sexo había dejado de ser algo que le ayudaba a relajarse, a rendir en su trabajo, a relacionarse con los demás con más seguridad. Se había  convertido en el centro alrededor del cual giraba el resto de su vida.

A  pesar de estar felizmente casado, la obsesión por el sexo no le dejaba disfrutar plenamente

Ya habían nacido sus dos hijos cuando le ofrecieron cocaína por primera vez. Su cerebro, controlado y lógico, se agarró con fuerza a aquel nuevo refugio que le permitía desconectar. Había pasado de los cuarenta, sus erecciones eran cada vez más difíciles y cortas; la cocaína hizo que el sexo fuese aún mejor que antes.

Su trabajo en la multinacional se convirtió simplemente en el medio para pagar sus adicciones. Y las adicciones hacían que su cerebro cada vez estuviese menos lúcido, sus nervios menos templados, las excusas para su doble vida más difíciles de sostener. Su trabajo comenzó a peligrar. ¿Y su familia? ¿Dónde quedaba? ¿Aplastada entre esos dos pilares tambaleantes? Podía haber perdido para siempre el amor de Laura, que terminó por enterarse de todo pero siguió apoyándole y exigiéndole, recaída tras recaída. El respeto de sus hijos, que siempre le creyeron capaz de conseguirlo. Sus nietos, que corretean ahora por del jardín, y de los que no hubiera podido disfrutar. Esta tranquilidad de no montar complicadas historias para ocultar sus escapadas. Envejecer con dignidad, sin sentirse continuamente culpable, sin control, víctima de sus adicciones. (2)

Tras varios intentos, Bruno lleva dos años de abstinencia de la cocaína y disfruta del sexo

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Esta ha sido la quinta vez que lo intenta. La definitiva. Lleva dos años de abstinencia. Gracias a ese esfuerzo no ha perdido todo: ha ganado el derecho a disfrutarlo.

Vuelve a abrir el libro:

“Muchos años después, seguía en la duda. Aquellas cosas habían pasado; tenían relación directa con un chico tímido y obeso, cuyas fotos guardaba. Ese chico estaba relacionado con el adulto devorado por el deseo en que se había convertido”

Bruno sonríe. Vaya con el escritor. Sí, a veces duda y se sorprende de haber hecho todas las cosas que hizo. La meta de su vida había sido sexual, pero estaba cambiándola ahora gracias a que, por primera vez, no rechazaba a aquel chico tímido y poco agraciado que fue. Sabía que era parte de él. Le aceptaba y comprendía. Le consolaba. Y, como un fantasma que cumple su misión y al fin puede partir, Bruno ya no tiene que alimentarle con ninguna adicción. El mundo ya no es tan frío. Bruno vuelve a cerrar los ojos y siente ese calor. Las voces y las risas de sus nietos jugando al escondite son un regalo. “Tengo tanto que agradecer por haberme encontrado con ese psicoterapeuta …”

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