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Relato de una adicta al alcohol: “Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

Ahora vives dentro de mi vientre. Flotas tranquilo y feliz en tu burbuja. Te protejo. Nacerás, crecerás, te enfrentarás a la vida con mi ayuda y un buen día por ti mismo. Para ti.

Yo tuve que hacerlo por mi cuenta. Mi madre, tu abuela, hundida en su depresión, su cariño siempre lejano y añorado y yo responsable de que comiera, de que se duchara, de que se alejara del abismo del balcón, de que pudiese soportar la presencia de su marido sin romperse. Ella y mi padre, tu abuelo, se habían separado, pero una enfermedad hizo que volviera. En terapia me he permitido entender cómo me convertí en quien cuidaba la enfermedad de cada uno y la lucha entre los dos, cuando solo era una niña que necesitaba que la cuidaran.

“Y me hice de un amigo peligroso para sostenerme: el alcohol”.

A veces el día se hacía difícil de soportar. Mamá con una recaída, arrastrando los pies y las ojeras por la casa, como quien va llenándola de nubes grises. O mi padre ingresado de nuevo en el hospital, conmigo como única compañía. O ese viaje de fin de curso, esa fiesta de cumpleaños, esa excursión a la que iría el chico que me gustaba… tantas cosas a las que tuve que renunciar.

 

 

 

“La primera cerveza la tomé en el parque con los compañeros, el último día de colegio. Sabía amarga, pero me aturdió la cabeza tan dulcemente que volví a repetir. A repetir. Y a repetir”.

 

 

 

Cada vez más a menudo. Cada vez más cantidad. Su amargura se convirtió en el sabor más agradable, porque con él mi mundo se esfumaba, se convertía en un minuto de alegría eterna con mis amigos. Unas veces reía y bailaba con ellos; otras, lloraba, deshaciéndome de esas lágrimas que no podía mostrar a nadie más.

Mis amigos y yo fuimos separándonos. Ya adulta y sin la responsabilidad de mis padres, me había quedado con ese mal amigo que no iba a irse fácilmente: el alcohol. Aún le necesitaba. Con él había ido aprendido a enfrentarme al dolor, a las preocupaciones, a las responsabilidades, a las relaciones difíciles, a varios fracasos amorosos, al aislamiento mientras estudiaba mi oposición. Y a mí misma.

“Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Eso lo echó todo a perder con Óscar. A él siempre le pareció que yo bebía más de lo normal. Comencé a no hacerlo cuando salíamos. Pero no podía pasar ya sin beber. Me temblaba el cuerpo. No pensaba con claridad. Bebía en casa, a escondidas, mientras él estaba trabajando. Cada día intentaba no hacerlo. Y cada día me decía “sólo un botellín, eso no hace mal a nadie”. Entonces yo misma decidí no tener ninguna clase de alcohol en casa. Pero terminé saliendo a comprarlo en cualquier sitio, con urgencia, como uno de esos borrachos furtivos que esconden la botella en el bolsillo de la gabardina. Yo iba escondiendo botellas y latas detrás de los muebles de la cocina o en las cajas de zapatos.

Cuanto más oculto, menos peligro de que me descubriese Oscar; y de que yo descubriese en quién me había convertido. Pero podía esconder las botellas, no mi mirada vidriosa, el aliento de fuego y aquella forma de perder el control cuando discutíamos, le gritaba y tiraba cosas al suelo.

“Oscar se fue. Con treinta y siete años volví a quedarme sola, tan sola como aquella niña habitando una casa gris donde convivía con dos fantasmas vivientes”.

Cuando se me pasó la borrachera vacié la última botella que tenía en casa por el lavabo. Mientras veía cómo la cerveza giraba y desaparecía por el desagüe, me prometí que eso es lo único que se iría por el desagüe. No mi vida. No mi oportunidad, tal vez la última, de tener un hijo. De tenerte a ti.

Ha sido difícil romper con ese siniestro amigo. La terapia hizo que comprendiera dónde estaban las raíces de mi pasado sobre las que sustentaba su poder. Que encontrara en mí esa fuerza y ese amor por mí misma que necesitaba para arrancarlas.

Deseo desde hace mucho tenerte, hijo mío, pero ahora entiendo que solo podías llegar ahora, cuando estoy preparada. Con esa fuerza verdadera, con este amor nuevo. No solo porque mi sangre ya no está envenenada, sino porque no echaré sobre ti la carga de mis cargas, ni la imagen de mi adicción. Ahora seré la madre que te proteja, te cuide y te prepare para caminar solo. Para que nunca necesites como muletas a un amigo destructor.

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