Las excusas de un adicto: por qué el blue monday hace que empiecen a fallar

Fernando Botana Núñez

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Enero suele llegar con promesas de cambio, pero también con un cansancio difícil de explicar.

Después de semanas intensas, de excesos normalizados y de mucho ruido externo, el cuerpo y la mente se quedan sin anestesia. Y es ahí cuando muchas personas empiezan a notar que algo no encaja. El llamado blue monday no es tanto un día concreto como un símbolo de ese momento: cuando baja el ritmo, aparecen el vacío, la incomodidad y las dudas que antes se podían tapar.

En ese contexto, las excusas de un adicto suelen hacerse más evidentes. Frases que antes calmaban —“lo controlo”, “solo fue en fiestas”, “cuando quiera paro”— empiezan a perder fuerza. No porque haya ocurrido algo grave de repente, sino porque el malestar ya no se disimula tan fácilmente. Enero no crea el problema, pero lo deja al descubierto.

No va de señalar ni de juzgar, sino de entender por qué esas excusas aparecen, qué función cumplen y por qué, en momentos como el blue monday, dejan de sostener. Porque reconocer lo que pasa no es rendirse, es empezar a mirarse con más honestidad.

Por qué enero pone a prueba las excusas de un adicto

Durante diciembre, muchas conductas se diluyen en el contexto. Hay planes, celebraciones, ruido constante y una sensación compartida de “excepción”. El consumo se integra con facilidad y encuentra argumentos rápidos para justificarse. No destacar, no parar, no pensar demasiado. Todo parece tener una explicación razonable mientras el entorno acompaña.

Enero cambia ese escenario. La rutina vuelve, el ritmo baja y el silencio empieza a ocupar más espacio. Ya no hay tantas distracciones ni tanta validación externa. El llamado blue monday representa bien ese momento en el que el contraste se nota más: menos estímulos, más cansancio y emociones que antes se podían esquivar. Y cuando eso ocurre, las excusas de un adicto empiezan a sentirse frágiles.

No es que de repente aparezca un problema nuevo. Es que las frases que antes tranquilizaban dejan de cumplir su función. “Solo fue en fiestas, ahora ya no toca”, “no es para tanto”, “lo tengo controlado”. Se repiten, pero ya no alivian.

Enero pone a prueba las excusas de un adicto porque obliga a convivir con lo que hay debajo, sin el ruido que antes lo tapaba.

Las excusas más comunes que sostienen el consumo

Las excusas no aparecen porque alguien quiera engañarse, sino porque cumplen una función. Ayudan a seguir adelante sin tener que mirar algo que incomoda. Son una forma de autoprotección cuando parar, cuestionarse o cambiar parece demasiado difícil. Por eso muchas de ellas suenan tan razonables, tan normales, tan fáciles de aceptar.

Algunas se apoyan en la comparación: “hay gente mucho peor”, “yo no he perdido nada”, “sigo trabajando, cumpliendo, estando”. Otras se apoyan en la idea de control: “sé cuándo parar”, “lo tengo medido”, “no me pasa siempre”. También están las que se vinculan al contexto: “es una etapa”, “ahora hay más estrés”, “cuando esto se calme, cambiará”. Todas tienen algo en común: permiten que el consumo siga sin generar demasiada alarma.

El problema no es la frase en sí, sino cuando se convierte en un patrón. Cuando la excusa se repite semana tras semana, aunque la situación no mejore. Cuando deja de ser una explicación puntual y pasa a ser el argumento fijo para no mirar lo que está pasando. El problema no es la frase en sí, sino cuando se convierte en un patrón. Cuando la excusa se repite semana tras semana, aunque la situación no mejore. Cuando deja de ser una explicación puntual y pasa a ser el argumento fijo para no mirar lo que está pasando.

Enero cambia ese escenario. La rutina vuelve, el ritmo baja y el silencio empieza a ocupar más espacio. Ya no hay tantas distracciones ni tanta validación externa. El llamado blue monday representa bien ese momento en el que el contraste se nota más: menos estímulos, más cansancio y emociones que antes se podían esquivar. Y cuando eso ocurre, las excusas empiezan a sentirse frágiles.

No es que de repente aparezca un problema nuevo. Es que las frases que antes tranquilizaban (“solo fue en fiestas, ahora ya no toca”, “no es para tanto”, “lo tengo controlado”) dejan de cumplir su función.

Enero pone a prueba las excusas porque obliga a convivir con lo que hay debajo, sin el ruido que antes lo tapaba.

Cuando las excusas dejan de calmar y empiezan a pesar

Hay un momento en el que las excusas ya no alivian. Siguen apareciendo, casi de forma automática, pero no cumplen su función. El consumo continúa, pero la sensación posterior cambia. Donde antes había cierta calma o desconexión, ahora aparece inquietud, culpa o una sensación difusa de desgaste. No siempre es algo intenso; a veces es solo un malestar constante que acompaña el día a día.

Muchas personas describen este punto como un cansancio emocional difícil de explicar. Consumir ya no se vive como una elección clara, sino como una respuesta casi obligada para aguantar el ritmo, para dormir, para no pensar o para no sentir demasiado. Y aun así, el alivio dura menos. La cabeza sigue activa, el cuerpo más tenso, y la pregunta empieza a rondar: “¿por qué esto ya no me funciona como antes?”.

Cuando las excusas empiezan a pesar es porque el consumo ha dejado de cumplir la función que tenía. No se trata de una pérdida de control repentina, sino de un desgaste progresivo. Algo se sostiene por inercia, mientras por dentro crece la sensación de estar forzándose. Ese malestar, aunque incómodo, suele ser una señal importante: indica que la estrategia que servía para sobrevivir ya no está ayudando, y que quizá es momento de mirar qué hay debajo con más cuidado.

Cómo saber si ya no es solo una excusa puntual

No siempre es fácil distinguir entre una justificación aislada y un problema que empieza a consolidarse. La diferencia no suele estar en la cantidad ni en la frecuencia, sino en la relación que se establece con el consumo y en lo que ocurre alrededor. Cuando las excusas aparecen de forma ocasional, suelen desaparecer solas. Pero cuando se repiten, incluso aunque la persona ya no se sienta bien, algo está pidiendo atención.

Una señal frecuente es la repetición del mismo diálogo interno. No tanto lo que se dice, sino lo poco que cambia lo que ocurre después. Algunas pistas habituales son:

– cambiar la excusa, pero no la conducta
– prometerse parar y no hacerlo
– pensar cada vez más en el consumo y anticiparlo
– organizar el día en función de ello
– notar irritación, inquietud o malestar cuando no está disponible
– empezar a esconderlo o a restarle importancia delante de otros
– que el entorno perciba cambios sutiles: más distancia, menos paciencia o discusiones que antes no estaban

Cuando estos patrones se repiten, deja de ser una explicación puntual para una etapa concreta. Es una señal de que algo se está sosteniendo a base de inercia, aunque por dentro ya no se sienta bien.

Otro indicador importante es el impacto emocional. Si después del consumo aparecen bajón, culpa, vergüenza o una sensación de vacío que no se va, probablemente ya no se trata de una excusa puntual para una etapa concreta. No significa que todo esté fuera de control, pero sí que la forma en la que se está intentando regular el malestar no está funcionando. Reconocerlo no es exagerar el problema, es empezar a escucharlo antes de que pese más.

Cuando pedir ayuda puede cambiarlo todo

Llegar a este punto no significa haber fallado, ni haber perdido el control, ni estar peor que otros. En consulta, vemos a menudo a personas que piden ayuda cuando sostenerse a base de excusas empieza a ser agotador. No porque todo se haya derrumbado, sino porque seguir igual ya no resulta viable. Ese momento suele venir acompañado de dudas, miedo a exagerar o a no ser “lo suficientemente grave”.

Pedir ayuda no siempre nace de la claridad, muchas veces nace del cansancio. De sentir que algo se repite, que el alivio dura poco y que el malestar se acumula. Poder contar lo que pasa y entender qué función ha tenido el consumo permite empezar a buscar otras formas de regularse sin seguir forzándose.

En Impasse Adicciones acompañamos a personas que llegan precisamente en ese punto: cuando las excusas ya no sostienen y aparece la necesidad de entenderse mejor. Sin juicios, sin etiquetas y sin exigir cambios inmediatos. A veces, el primer paso no es dejar nada, sino dejar de hacerlo solo.

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Fernando Botana

En Impasse, Fernando Botana atiende a las personas que vienen a tratarse de manera individualizada y exclusiva. Impasse Adicciones ofrece de esta manera un tratamiento de adicciones en Madrid con un altísimo porcentaje de adhesión por parte de pacientes que han fracasado con otros tratamientos.

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