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Lo extraño es vivir: la historia de Kiko y el consumo de porros

Vamos, Kiko, no me digas que has dejado de ir al psicólogo y que estás otra vez fumando maría. Y no me vengas con que soy un brasas, que más que yo no ha fumado ni el Bob Marley y te entiendo. Poco a gusto se queda uno después de un par de porros, como que nadie puede tocarte las narices porque todo te parece bien. Pero por eso mismo, porque sé de qué va la movida. Y porque hemos sido colegas desde que íbamos al colegio y a mí me alucinas, no hay dos como tú, y eso nunca te lo he dicho porque parecen mariconadas, pero hay cosas que uno tiene que hacer y una era decirte que te admiro.

Que yo he dejado muchas otras cosas por hacer, entre porro y porro poco tiempo me daba para que me importase algo, pero tú has estado ahí, pum, pum, pum, currándotelo, estudiando un oficio, aguantando a la chunga de tu madre, trabajando de sol a sol, entrenándote, intentando que las drogas y la priva no te dejasen en la cuneta. Yo no sé qué buscas en esos cómics que tanto te molan, si tú eres más superhéroe que los de la Marvel, esos tíos tan macizos pero tan lloricas, que no han peleado en la vida la mitad que tú y que jugaban con ventaja porque tenía poderes.

Porque, a ver, Kiko, que yo también he visto películas de esos tíos y tú no venías de otro planeta ni te había dado una radiación tocha. Tus padres no eran dioses, millonarios, científicos, ni el amor y la educación con patas. . Nunca te comiste una rosca, ni has sido un lumbreras, ni has tenido pasta más que para pasar el mes y gracias, eso sí, lo que te costaba menos era pegar fuerte cuando había pelea. A tu madre solo le falta volar en escoba para ser una bruja y tu hermano, como para darte ejemplo…ejemplo de desastre. Tú…parecía imposible que sacaras cabeza.

Porque allí estábamos todos, tíos corrientes, como tú, en el parque, quejándonos de lo difícil que es vivir, de lo jodido que es terminar la enseñanza obligatoria, ya no veas encontrar un trabajo de mierda donde luego no te exploten demasiado, y de cómo nos engaña el gobierno y cómo nos persigue la poli, y lo difícil que es encontrarse una piba legal. Y el porro y la litrona y echarse una risas y quejarse de todo con los colegas para pasar la vida, quién puede pedirnos más si no somos superhéroes.

Pero tú, tan corriente como nosotros, no sé de dónde sacabas esas fuerzas, intentando salir del agujero una y otra vez. Terminaste el colegio y te pusiste a aprender un oficio, un cocinero de la hostia eres, te lo digo yo que he probado tus paellas, y en cuanto tuviste un curro te fuiste a terapia para dejar la marihuana, dos años peleándotelo, y luego recaíste y te parecía que no había servido para nada, que tres años después tuviste que volver al psicólogo y ya no eran solo porros, sino también coca.

No jodas, Kiko ¿cómo que para nada? ¿Tú te has fijado cuántos nos quedamos colgados por el camino durante esos años, sin trabajo, sin estudios, sin futuro, sin ganas de luchar ni de mirarnos a la cara?

Y nosotros, tus amigos, no te animamos en tu pelea, como para animar a otros estábamos. Y un poco de mala leche, también te lo digo, aunque sea un mal rollo reconocerlo, que cuando otro sale de esto es como que te da rabia o que te dices “mira, pues sí que se puede” y entonces te planteas que deberías salir también, esforzarte, intentarlo. Pero es más cómodo decir “el Kiko es un rajado; al Kiko le explotan en el trabajo, es un esclavo del sistema; el Kiko se cree más que los amigos, nos desprecia los porros…

Y en lugar de animarte a dejarlo, te liamos más. Que ya estabas tú sacando la cabeza, casi no le dabas a las drogas, te habías metido en la hipoteca del piso con ayuda de tu viejo, y tenías un trabajo bien pagado y con horarios de persona normal, que me habías dicho que te querías apuntar otra vez al gimnasio o a hacer senderismo o hasta a una página de esas para conocer tías. Y entonces lo de la pelea. Que sí, tío, que en vez de llevarte con nosotros al agujero teníamos que haberte dicho “Vete bien lejos y no aparezcas más por el barrio”, pero cuando se organizó el lío tú estabas ya tan colgado como nosotros… y la paliza de órdago que te dieron y perder el trabajo de puta madre. Las palmaditas en la espalda que te dimos después no creo que te sirvieran para pagar la hipoteca. Ni para nada. Más que para que sintieras que eras uno de los nuestros. De nuevo.

Y vuelta a trabajos de mierda, de sol a sol y de martes a domingo, como los esclavos pero peor, que a ellos por lo menos les pagaban la comida y la cama y tú tuviste que alquilarle una habitación de tu piso a una tía que resultó ser una petarda, para pagar la hipoteca. Que vuelvas a casa reventado cada noche y fumes, esnifes, bebas…pues qué te voy a decir, que es lo más normal, lo que haría cualquiera de nosotros.

Pero el Kiko no es cualquiera. Tú, tío, sigues con esa fuerza que no está en el catálogo de la Marvel, y te das cuenta otra vez de lo que te joden la vida las drogas y te importas lo suficiente como para decir “no voy a permitirlo”, y vuelves al psicólogo, y te vienes arriba sin nadie que te jalee, más solo que la una, que tú ya sabes que los superhéroes tienen que guardar su secreto y pelear solos, y nadie les comprende a su alrededor, las pibas y los jefes les tratan como a unos pringados y ellos mismos dudan a veces.  Aunque, ahora que lo pienso, hasta los raritos se juntan entre ellos, la Liga de la Justicia, los X Men y todo ese tinglado. Que seguro que tú terminas encontrando otros amigos que no te lleven al hoyo, sino que sumen fuerzas. Y no andas solo, que el psicólogo te está ayudando de nuevo para reactivar esas fuerzas y que te mantengas firme, firme, en no vernos ni drogarte.

Y, gracias a eso, te libraste de ir con nosotros aquel día en el coche.

Así que no digas que te rindes, que dejas la terapia de nuevo. Cuando pases por el barrio y te enteres de que la he palmado en el accidente, te va a dar por pensar que lo extraño es vivir. No solo mantenerse vivo sino, como tú, luchar por vivir. Yo sé que no puedes escucharme, pero mis palabras están ya en tu cabeza. Agárrate a la vida con fuerza, Kiko, por ti y por mí. Con tus super poderes de barrio. De puro tozudo, invencible.

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Espejos de humo: lo que se esconde detrás del consumo de cannabis

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Nuria Alegría

 

She looks into her mirror
Wishing someone could hear her, so loud
And I, need love, to hold me closer
In the night, just enough
To feel my body come alive
When my bones starts breaking, my heart starts shaking
I need love, need love. 

(Ella se mira en su espejo / deseando que alguien pueda escucharla, tan fuerte/ y yo necesito amor para sostenerme más cerca /en la noche, solo lo suficiente /sólo lo suficiente / para sentir mi cuerpo volver a la vida / cuando mis huesos comienzan a romperse, mi corazón empieza a sacudirse /necesito amor, necesito amor)

“Mirrors”, Niall Horan.


Claudia se mira en el espejo y canta.

No ve su imagen, no sabe quién la mira ni se atreve a buscar en el fondo de sus ojos y, de nuevo, no encontrarse. Hacerse preguntas. Reconocer en su imagen la misma imagen deformada que algunos ven.

Claudia canta cada vez que se siente angustiada para no pensar, para no sentir. Canta frente al espejo. Imagina que es la protagonista de un video-clip, la actriz de una historia inventada, como cuando, de adolescente, se encerraba en su cuarto tras un sonoro portazo, con la música a todo volumen porque su madre le había llamado soberbia, vaga, egoísta, desastre. Enseguida, su madre aporreaba en la puerta para quejarse del ruido y de que Claudia se hubiese levantado sin recoger la mesa.

Un ciclo que no se detuvo nunca. Su madre siempre ha intentado romperlo, y de una u otra manera no consigue más que repetirlo. Claudia simplemente huye. Canta. Se enciende un porro. Bebe hasta perder el control. Demasiada presión, como si intentaran aplastarle la cara contra el espejo. Y tiene miedo de romperse.

 

ilustracion de una adicta al cannabis

Claudia tiene ya treinta y cinco años, pero su madre no pierde la esperanza de llevarla por el buen camino. Por el camino que ella ha decretado como bueno. El intento más desastroso fue cuando le cambiaron de colegio. Claudia había empezado por entonces a juntarse con “malas compañías“. Se sentía sola, única, marginada y así, de cualquier manera, acompañada por otros que se sentían tan distintos y solos como ella y escapaban entre el humo de los porros, había conseguido durante un tiempo sentirse integrada. Pertenecer. Imposible en casa donde la unión entre su perfecta hermana y su exigente madre no dejaba un hueco en el que entrar.

Pero a su madre no le gustaban sus amistades. Para apartarle de ellas le buscaron un nuevo colegio. Los uniformes, como un perder la identidad. La disciplina, las reprimendas. El silencio. Se sintió más sola que nunca. “Pero, mamá”, pensaba Claudia “Tú no sabes qué fácil es drogarse en casa sola, beber hasta perder el control, perderse sin malas compañías. Perderse, precisamente, de tanta soledad”.

Look at me now I can see my past
Damm I look just like my fucking dad
Ligth it up, that´s smoke at mirrors
I even lool good in the broken mirror
I see my momma smile that´s a blessin
I see the change, I see the message.
Mirror on the wall, here we are again.

(Ahora me estoy mirando, puedo ver mi pasado / ¡maldición!, me parezco a mi jodido padre / enciendo un cigarro, que se fuma dentro de los espejos /me veo incluso en un espejo roto /veo a mi madre sonreír, eso es una bendición / veo el mensaje, veo el camino /Espejo en la pared, aquí estamos de nuevo) 

“Mirror”, Lil Wayne.

 

Claudia canta frente al espejo. Quiere huir, pero su cabeza sigue obsesionada con la nueva idea de mamá para “encarrilarla”: la terapia. El recuerdo de la primera sesión se le hunde en el estómago. Deja las canciones y el espejo, busca su salvavidas: el papelillo envolviendo la mezcla, crujiendo la hierba y el tabaco con ese sonido tranquilizador, el humo que asciende y Claudia hincha el pecho, respira profundamente, pero las imágenes no desaparecen:

Su familia al completo en el despacho del psicólogo. Su madre con su ultimátum “Siempre que hay ocasión te emborrachas y estropeas todo, no sabes comportarte como los demás, así no puedes seguir, si no haces algo se acabó…” Su madre no terminó el discurso, pero elevó el brazo y lo dejó caer, como si cortara con él el tronco de un árbol. O, quizás, un pavo de Navidad. Miró al psicólogo buscando un asentimiento, una orden-súplica muda que Claudia entiende muy bien (“Dígale usted a la niña que esto no se puede permitir”). El psicólogo solo observaba, pero con una atención tan neutral que la madre no explicó qué es lo que iba a terminar. Aunque está claro para ella. Se terminó que te ayudemos, se acabó tener una familia.

Claudia, ya bajo el efecto relajante de la marihuana, ríe pensando si no es eso lo que lleva intentando treinta y cinco años. Que se acabe. Dejar de tener una familia. Dejar de tener una familia y sentirse distinta y sola entre ellos.

Si se mirase en el espejo de nuevo vería que su risa se ha convertido en mueca. Mañana tiene una nueva sesión. Aunque esta vez irá ya sola. Y le aterra.

– ¿Cómo te sientes aquí, Claudia?
– Rara
– ¿Rara? Intenta explicarlo un poco más, por favor ¿miedo, vergüenza, ansiedad?
– Como si fuera un bicho raro y viniera a que me extirpara la rareza.
– ¿Te sientes rara?
– ¿No estaba usted en la reunión con mi familia la semana pasada? Porque me extraña que no lo recuerde: los gruñidos de mi madre son como para recordar. O la voz de mi hermana como un eco. O la manera en que mi padre mueve la cabeza asintiendo a todo lo que dice, como si fuese un juez. Rara sería poco: un desastre es lo que quieren hacerme sentir.
– No te preguntaba lo que dicen ellos de ti. Te preguntaba cómo te sientes tú. Cómo te ves tú, Claudia.

La pregunta la inquieta, como si la hubiesen pillado en un examen sorpresa para el que no ha estudiado.

– ¿Cómo voy a verme, si hasta mi nombre es un una tontería? ¡Nombre de ciruela! –ríe.
– O de diva italiana –añade el psicólogo.
Claudia sonríe y se encoge de hombros.
– Tal vez. No hay realidades sino percepciones, ¿no es eso?
– Buena observación ¿Nietzche?
– Seguramente se me ha quedado de un meme de wassap, no se haga ilusiones conmigo. Estudié una carrera porque con algo tenía que ganarme la vida. Eso si no me terminan echando del banco, que ya he tenido un par de meteduras de pata por ir un poco pasada de marihuana, pero suelo controlar.
– ¿Tú no te haces ilusiones contigo, Claudia? ¿Cómo te ves tú?

A Claudia le tiembla la barbilla

– Soy una rebelde, una egoísta inmadura que siempre lo estropea todo. Mi hermana, por ejemplo, también fuma porros, pero solo yo termino montando el número en casa, con mis borracheras. Por ahí, controlo; es mi familia quien me hace perder los nervios. Y si estoy aquí es porque a mi madre no hay quien le diga que no, le aseguro que es la única forma de sobrevivir en esa casa de figuras de cera.
– Entiendo por lo que dices que fumas porros, bebes, te rebelas contra lo que no te gusta, tu familia te altera… pero no te pregunto por lo que haces, sino por cómo te ves tú. Por ejemplo, ¿qué es lo que más te gusta de ti misma?
Claudia se revuelve en el sillón, incómoda.
– ¿Usted no da respuestas, solo hace preguntas?
– Las respuestas te las irás dando tú misma. ¿Quieres hacerme tú alguna ahora?
– Pues sí. ¿Qué se supone que tengo de bueno? Aquí estoy, con el loquero, y porque me ha obligado mi familia. No espere maravillas.

 

espejos de humo

El psicólogo junta los dedos, medita unos segundos.

– Veamos, acabo de conocerte, pero yo diría que tienes sentido del humor… ¿ciruela claudia, decías? –ambos sonríen-. Debes de ser una buena profesional, cuando tienes un puesto de responsabilidad en tu empresa y, a pesar de algún patinazo, siguen poniendo la confianza en ti. También tienes ganas de encontrar respuestas. Si no, no estarías aquí. Hay cosas que tu familia ha querido que hicieras o dejaras de hacer en tu vida y, por lo que decían la semana pasada, no parece que les hayas obedecido en muchas.

 

Claudia lleva un año en esto de las preguntas y las respuestas. Ha dejado de fumar marihuana y de beber hace tiempo. A veces, cuantas más respuestas encontraba, más marihuana parecía buscar, como si algo en su interior se rebelara contra ese sentirse bien. Reaccionara. Se recompusiera y, consciente de que algo iba a cambiar, no quisiera soltar la vieja imagen, después de tantos años aprendiendo que podía huir entre humo. Ahora, se mira en el espejo, que a veces se abre para ella como el mundo de Alicia lleno de posibilidades. Se mira con curiosidad. Con amabilidad, a veces. Canta, no para dejar de pensar, sino buscando nuevas respuestas a viejas preguntas.

I´m feeling far away, I´m feeling right there
Deep in my heart, deep in my mind
Take me away, take away
All that I own is just smoke and mirrors?

(Me siento muy lejos, me siento justo allí / en lo profundo de mi corazón, en el fondo de mi mente / llévame lejos, llévame lejos / Todo lo que tengo ¿Es tan solo humo y espejos?)

“Smoke and mirrors”, Imagine Dragons.

 

– Parece que te gustaría ser tu hermana por lo que dices.
– ¿Mi hermana?¡No gracias! Es un clon de mi madre.
– Entonces, tú quieres ser tú misma. Eso es sano y valiente ¿No?
– Yo misma…-repite Claudia, como hablando sola- Siendo yo misma no encuentro hueco en mi familia. No encajo. Para mi madre solo hay espacio para querer a quien es como ella quiere que seas.
– Eso, entonces, es un problema de tu madre, no tuyo.
– La odio.
– ¿De verdad? Entonces no te importaría lo que opinara de ti. ¿Qué necesitas de ella para no “odiarla” como dices?
– Que me quiera. Sin condiciones. Aunque no le guste. Por ejemplo, ahora se mete menos conmigo, porque no he vuelto a llegar borracha a casa. Pero eso lo hago porque, desde que vengo aquí, he ido entendiendo que es más lo que me perjudicaba que lo que me ayudaba. Y
tenía que dejarlo. Radical. Soy yo la que me ayudo ahora. Mi madre…bueno, es fácil, querer a alguien cuando hace lo que quieres que haga.
– Me alegro de que te estés enfrentando a la marihuana y el alcohol. Sobre todo porque eso significa que te sientes mejor contigo misma y no lo necesitas. Y quizás tampoco necesitas tanto la aprobación de tu madre, por eso piensas que te la está dando gratis.
– No, gratis no. Yo creo que es también porque le ha gustado Jaime, ¡es tan buen chico! Es su forma de darme el aprobado por salir con él.
– Tal vez tu madre esté en su derecho de que le guste Jaime. Y de que no le gusten algunas cosas que haces tú. Pero eso no significa que no te quiera, sino que quiere lo mejor para ti y sólo conoce una manera de hacer las cosas, tal vez un poco…
– Oh, vaya, eso sí que es raro. Si no me quiere como soy, ¡no me quiere! Y eso es lo que acaba pasando con todo el mundo, que en cuanto me conocen, me rechazan.
– ¿Crees que eso es así? ¿O todos o nadie? ¿Seguro?

El psicólogo la mira a los ojos con una sonrisa.

– Tal vez me paso un poco. Tú, tú por ejemplo, me escuchas y me aceptas. Desde que vengo aquí me siento más capaz de mirarme en el espejo.
– Y Jaime ¿no te quiere como eres?
– Porque no me conoce todavía. A veces pienso que no me ve, no tiene en cuenta mis sentimientos. por ejemplo, no sabe que quiero casarme y tener un hijo.
– ¿Y cuando le vas a dar la oportunidad de conocerte? Hace tiempo que venimos hablando de ello. Igual que un día decidiste dejar de drogarte.
– Esto cuesta más que decidirme a dejar los porros.
– O tal vez no. Tuviste que luchar contra una adicción, decidirlo fue fácil, mantener la decisión fue lo difícil. Ahora se trata solo de decidirte a mostrarte, dar la oportunidad de que te quieran tal como eres. El resto del camino puede más sencillo. Puede que te sorprenda cómo te ves en el espejo de Jaime.

Claudia ha apagado hoy treinta y siete velas. El camino ha sido duro. Dejar las adicciones. Y mostrarse a Jaime tal y como es, soportar la incertidumbre de no ser aceptada. “A mí me gustas tal y como eres”, le responde él cada día. Con las palabras, con los hechos, con su acompañarla en el camino.

Jaime está ahora a su lado en el sofá. Comen del mismo trozo de tarta a mordiscos. Se ríen, mientras caen las migas y las recogen con los dedos para metérselas en la boca el uno al otro. Suena el teléfono. En la pantalla aparece el número de su madre, pero Claudia ya no siente ansiedad ni ganas de liarse un porro cuando le responde. “Felicidades, hija”. “Gracias, mamá”. “¿Qué hacéis?” “Pringar el sofá de nata y chocolate”. “Qué cosas tienes, hija”. Lo dice medio riendo, no como un reproche.

Su madre está yendo también a terapia, comienza a pensar que hay otras maneras de vivir la vida. Se está volviendo menos intransigente. Mañana Claudia le dirá que va a ser abuela y ya no teme que la preocupe suponiendo que va a ser un desastre de madre. En el espacio entre sus padres y su hermana ya cabe Claudia un poco más. Y, aunque así no fuera, Claudia es feliz. Se mira en el espejo y se quiere. Unos días más que otros, como cualquiera. Pero sin necesidad de cantar para no pensar ni de que el humo de la marihuana nuble su propia imagen. Si canta, es por ver sus labios moverse al decir lo que siente.

I´m starting with the man in the mirror
I´m asking him to charge his ways
And no message could have been any clearer
If you wanna make the world a better place
Take a look at yourself, and then make a change.

(Estoy empezando por el hombre en el espejo / le pregunto para que cambie su camino / y ningún mensaje podría haber sido más claro / si quieres que el mundo sea un lugar mejor / échate un vistazo a ti mismo y luego cambia)

“Man in the mirror” Michael Jackson.

 

Relato de una adicta al cannabis

 

– Qué estupenda noticia, Claudia –le dice el psicólogo cuando le habla de su embarazo-. Un broche de oro para celebrar tus cambios y cerrar un ciclo ¿No crees?
– Lo sé. Pero tengo un poco de miedo.
– Es normal. Todos sentimos un poco de miedo. Ser padres…es una responsabilidad.
– ¿Sabes qué soñé ayer? Supongo que lo he soñado aposta, por tener algo interesante para esta sesión tan especial.
– Jajaja, cuenta, cuenta, estoy intrigado.
– Que recorría mi casa y los espejos no me reflejaban. Parecían no tener cristales, estar hechos de humo. De pronto, la niebla caía al suelo como una colcha, y podía mirarme en los espejos con toda claridad. Era porque Jaime los había cambiado todos, por unos en los que me reflejaba tal y como él me ve.
– Es un sueño precioso, y con mucho sentido.
– Lo sé.
– ¿Se lo has contado a él?
– Jajaja. Sí. Y luego nos hemos puesto a cantar, mirándonos juntos en el espejo.

Ain´t you something to admire
Because your shine is something like a mirror
And I can´t help but notice
You reflect in this heart of mine
If you ever feel alone and
The glare makes me hard to find
Just know that i´m always
Parallel on the other side
Just put your hand on the glass
I´m here trying to pull you though

You just got to be strong.
Because it´s like you´re my mirror
My mirror staring back at me
Staring back at me.

(Es impresionarte admirarte / porque tu brillo es algo así como un espejo / y no puedo dejar de sentir / tu reflejo en este corazón mío. /Si alguna vez te sientes sola y / el resplandor me hace difícil encontrarte / que sepas que siempre estaré / en paralelo al otro lado. /Simplemente pon tu mano sobre el cristal / yo estoy aquí intentando tirar de ti / tú solo tienes que ser fuerte./ Porque es como si fueras mi espejo / mi espejo mirándome fijamente / mirándome fijamente )

“Mirrors”, Justin Timberlake.

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Juego de máscaras: los últimos 25 años de Fany consumiendo drogas

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

“Gastamos toda la energía encubriendo quiénes somos cuando debajo de cada actitud hay un deseo de ser amado, debajo de cada enfado una herida que quiere ser sanada y debajo de cada tristeza hay miedo a que no haya suficiente tiempo.”

Mark Nepo

 

Fany se va arrancando jirones de la máscara en cada sesión de terapia. Debajo va surgiendo su auténtica piel y eso a veces duele cuando se sale al mundo: es carne viva, expuesta al sol de las miradas ajenas, al viento de las dudas, al frío de la inseguridad. Aprender a ser. Casi como aprender a andar. Pasos inseguros, alguna caída, la maravilla y la confusión. ¿Y quién soy? ¿Qué piel es esa en la que me sentiré bien?, se pregunta todavía, aunque  ya hace dos años que va al psicólogo y transita ese duro camino cada vez con menos muletas: ni drogas, ni borracheras, ni sexo fácil, ni falso orgullo, ni disfraces. Baja las escaleras aún impactada por las emociones que se han removido en la consulta. Se retoca en el espejo del portal la raya del ojo que se le ha corrido. Casi siempre hay alguna lágrima en esos momentos. Ahora puede llorar, permitirse ser frágil. Humana.

Qué difícil luchar tan duro para alguien que nació entre algodones, que consiguió siempre lo que quiso, que nunca recogió un juguete ni se hizo la cama, que tuvo los mejores colegios… y los centros de desintoxicación más caros. Qué difícil habitar ese miedo, la resolución de permitirse no ser perfecta y la posibilidad de, por ello, no ser amada.

“El instinto nos guía a buscar algo más: la seguridad de que nos aman y nunca seremos abandonados a los lobos”

Desde que nació fue la niña de los ojos de su padre. Tal vez entonces su intuición de mamífero indefenso encontró allí el lugar donde agarrarse para sobrevivir. Nunca iba a faltarle el sustento, el fuego, un techo, cosas que un mamífero necesita para seguir vivo. Tampoco buenos médicos, la educación que le diera más futuros posibles, el capricho más pequeño satisfecho. Pero el instinto nos guía a buscar algo más: la seguridad de que nos aman y nunca seremos abandonados a los lobos. La frialdad triste de su madre no era un lugar cálido donde anidar. Su hermano, cuatro años mayor, que le ponía la zancadilla cuando nadie miraba porque se sentía el príncipe destronado, tampoco era un lugar de confianza. El refugio seguro y amoroso eran los brazos de su padre. El lugar pletórico, mirar el mundo subida a la orgullosa altura de sus hombros. Aunque esos brazos no siempre estuvieran disponibles. Su padre se volcaba en el trabajo, viajes, reuniones. Tal vez en otros brazos fuera del hogar.

 

La creación de una máscara

Fany, con su intuición de cachorro, luchaba por mantener a su padre cerca. Ni su madre, casi siempre deprimida y como ausente, ni ese hermano huraño y demasiado responsable, parecían capaces de llamar su atención y su amor lo suficiente como para retenerlo. Por suerte, tampoco para disputárselo. Fany, el cachorro, comenzó a detectar que su padre sonreía y la mimaba más cuanto más valiente, descarada y atrevida era. Si subía, aterrada, a lo más alto del olmo del jardín con cinco años su padre estaría allí abajo, no al rescate, sino con los brazos en jarras y riendo con todo el cuerpo “demonio de chiquilla” y luego se lo contaría a la familia y a los amigos, orgulloso. Si hacía novillos merecía la pena el castigo porque su padre no tenía más remedio que acudir al colegio y, a escondidas del director, le guiñaba un ojo. Si los amigos la enviaban a colarse en la cola del cine, el mal rato de la vergüenza por si la pillaban tenía doble recompensa: la admiración de sus amigos y el embeleso de su padre cuando se enteraba.

“Fanny aprendió a ponerse allí la misma máscara para sentirse también orgullosa, valiosa, la reina del territorio”.

Pero el padre, una mirada amorosa, un guiño cómplice, el valedor de sus secretos, se convirtió en héroe distante. La realidad era el colegio, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, hasta los diecisiete años, ese era en realidad su hogar. Fanny aprendió a ponerse allí la misma máscara para sentirse también orgullosa, valiosa, la reina del territorio. Sin fisuras. Cuánto hubiese deseado entonces que su hermano fuera también su cómplice, un refugio entre tantos extraños: siempre tan firme, tan seguro, tan distinto de los demás sin importarle; él no se dejaba impresionar por la máscara de Fany. Cómo le admiraba. Pero no encajaba en el papel de Fany decírselo, reducir la distancia que les separaba, sino tirarle los libros al suelo y llamarle estirado delante de todos cuando se cruzaban por el pasillo. “Qué idiota eres, niñata”. Ella sentía entonces que algo no encajaba dentro de su pecho. Si hacía lo que los demás querían que hiciese para ser y sentirse especial, ¿por qué ese malestar en la garganta? Algo que se pasaba pronto, cuando los compañeros la jaleaban porque no le importaba plantarle cara a nadie. Imaginaba, entonces, que si su padre hubiese estado presente también la hubiese jaleado. Con eso valía para sentirse segura y fuerte por el momento, aunque no sentía valor por sí misma y eso es algo que se iría haciendo cada vez más fuerte y difícil.

 

Cambio de amigas y consumo de drogas

Con eso, y con su amiga Carlota, que era su familia más que su propia familia y siempre la había seguido en todas sus pequeñas audacias. Parecía tan deslumbrada como todos por su fuerza y su descaro. Desde los siete años había sido como una hermana y, cuando tuvieron aquella discusión que las separó para siempre, Fany se sintió tan huérfana y desvalida que tuvo que pisar el acelerador para que nadie se diera cuenta de que también se sentía sola y vulnerable: cambió de amigas, empezó con ellas a probar de todo, alcohol, drogas. Era ella también la más obsesionada en buscar chicos, en iniciarse en una loca carrera hacia el sexo. Un “¿a que no te atreves?” era lo único que necesitaba para atreverse a todo.

 

 

 

Cuántas veces se había acostado con alguien a quien realmente despreciaba o había ido con otro más allá de lo que deseaba; cuántas veces había probado una nueva droga, una mezcla, una dosis mayor, para resultar más valiente, más atrevida, más admirada, más aparentemente liberada que nadie. Y, sin embargo, ¿qué le importaba la opinión de toda aquella gente? No existía ningún hombre que se pareciera a su padre, no existía ninguna mujer con tanta personalidad como ella misma. Fany se sentía especial y brillante. Pero, ¿y si un día desease quitarse la máscara y entonces…entonces sintiese que no era nadie?

El consumo de drogas como refugio

“Recuerdos de noches de locura y días en blanco es casi lo único que le queda de los últimos veinticinco años”.

Las drogas no eran solo uno de los moldes de su máscara, sino una forma de desconectar de sí misma. De no buscarse, de no encontrarse con sus propios deseos y necesidades, de correr el riesgo de relacionarse con gente que le pareciera verdaderamente valiosa, de no sentirse una niña vulnerable que necesita amor y no sabe cómo conseguirlo.

Nunca se preocupó por el futuro. Sus padres la mantenían y le pagaban las repetidas estancias en clínicas de desintoxicación. Pero llegó un momento en el que se sintió demasiado cansada de esas montañas rusas. Con la sensación de que había perdido su vida entre aquel vértigo que aparentaba hacerle vivir la vida intensamente, pero le había impedido vivir el momento, ver el paisaje, los rostros de los demás, el horizonte y sus desafíos. Haber tenido una verdadera pareja, verdaderos amigos y un refugio amable en su propio interior.

Pensando en montañas rusas y máscaras y en comerse un suculento helado de vainilla, Fany sale a la calle. Por delante pasa a toda prisa una mujer con un carrito de la compra que casi la hace tropezar. Sus miradas se cruzan. Las dos mujeres se sonríen. “Disculpa, qué despiste llevo”, “No te preocupes, a todos nos pasa”. A todos nos pasa. Costará trabajo que la gente entienda que Fany se ha quitado su máscara, pero ahora que acepta su propia piel puede aceptar también la de los demás, ya no les desprecia.

Respira profundamente y saca el móvil del bolso. Sin pensárselo, para no arrepentirse, marca el teléfono de su hermano. No se han tratado desde hace años. Posiblemente la reacción sea fría y seca. Sabe que puede recibir un no, pero ya no necesita el orgullo para creerse valiosa. Ahora mismo está siendo más valiente de lo que recuerda haber sido nunca. Lo está haciendo por sí misma, no por los espectadores. Su hermano es, además de su asignatura pendiente, solo otro ser humano que intenta sobrevivir detrás de su propia máscara.

 

Recupera con Impasse Adicciones la ilusión de vivir cada día, como si fuera el primero de tu vida

 

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La penúltima copa: la historia de Goyo y su adicción al alcohol

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

 

¿Sabes que Goyo lleva dos años sin beber? La primera vez que llegó borracho a casa tenía doce. Su padre preguntó entre risas a su madre si le había dado un caldito al niño, como si viniera de realizar lo que toca a su edad, casi una hazaña. Seguro que tú, como yo, piensas que eso es una barbaridad, pero no me niegues que parece que beber es bueno, es enrollado, es pura fiesta, ese puntillo que te libera, los borrachos que hacen reír. ¿O…quizás no sea tan bueno?

Goyo aprendió que gracias al alcohol podía ser el alma de la fiesta. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero pronto empezó a sentirse una marioneta incapaz de salir y no beber.

 

Que era bueno le enseñaron a Goyo, como a tantos. Un niño tímido y algo torpe que aprendió que, gracias al alcohol, podía ser el centro de la fiesta. Me contó que con trece años ya bebía con sus amigos en la plaza de su pueblo. A su padre le parecía normal, cosas de hombres, se sentía orgulloso cuando le decían “¡Menudo es tu chico! no le tumba nadie”. Pasaron los años y seguía aguantando más que nadie, bebiendo para relacionarse, invitando siempre a otra ronda, la única forma de pasar el tiempo. Goyo no se esforzaba por ser sociable, divertido, caer bien. Bebía y entonces se desinhibía, reía, le hacían caso. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero cuando la borrachera pasaba Goyo volvía a ser él mismo. Y ya ni siquiera sabía quién era, porque beber era una forma de huir continuamente de sí mismo.

El alcohol no le ha dejado oportunidad para madurar. Me confesó que se siente como si hubiera vivido durante veinte años en un túnel; durante ese tiempo no ha sido más que una marioneta que ya no sabía salir con amigos, acercarse a una chica o pasar una tarde en casa, sin beber. Sin anestesiarse para ser otro. Sin preguntarse quién era y si, al final, no sería alguien lo suficientemente interesante como para disfrutar siendo él mismo.

 

A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum.

 

 

El cuerpo le pedía alcohol y siempre encontraba una excusa

A muchos nos parecía interesante. Seguro que tú también tienes algún amigo con ocurrencias de borracho que te hacen reír, pero del que piensas. “Con lo majo que es, por qué necesitará eso. Ya no le no veo un día completamente sobrio, se va a hundir”. A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum. No está dispuesta a crear una familia con alguien que se escape de los problemas o los cree, en lugar de afrontarlos.

Goyo seguía pensando que no era un alcohólico, pero reconocía que, si iba a casarse, tenía que sentar la cabeza. Así que respondió “Vale, lo dejo. No tengo ningún problema”. En unas semanas comprobó que eso era un autoengaño. Un imposible. El cuerpo le pedía alcohol. Y siempre encontraba una excusa. Una cerveza fresquita, lo único que le quitaba la sed. Un cliente a quien invita a comer, cómo le va a hacer el feo de no acompañarle con el vino. Un amigo con el que celebrar un ascenso, un campeonato, un cumpleaños; brindar con agua no es brindar. Ninguna copa era la última. Siempre era la penúltima.

En busca de ayuda profesional

Goyo fue a pedir ayuda a un psicólogo especialista en adicciones. Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera. Ahora, si ve un borracho durmiendo en un banco del parque ya no se ríe; le entristece un hombre sin control en una situación humillante, que despertará machacado y con necesidad de volver a beber para sentirse mejor. Si ve una pandilla de chicos y chicas haciendo botellón, ya no envidia cómo se “divierte” la juventud: sabe que alguno de ellos tendrá una experiencia de la que avergonzarse o arrepentirse, perderá el conocimiento, se vomitará encima, abusará de otra persona o será abusada, tendrá un accidente…

 

Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera.

 

Nunca me había parado a pensar en lo difícil que es alejarse del alcohol en nuestra sociedad, hasta que me lo contó Goyo. ¿Te imaginas lo que cuesta contenerse para no consumir algo que está por todas partes y que te anuncian como “bueno”? ¿Explicarle cada vez a los amigos, la familia, los compañeros que te insisten, que no vas a beber más? Para algunos es como si cuestionases el que ellos beban…y eso no gusta. Levanta ampollas. Hay quien ya no encuentra divertido a Goyo y le llama aguafiestas. Es duro, pero la terapia le ayuda a enfrentarlo y, fíjate, yo creo que esa pelea está haciendo que se sienta cada vez más seguro de sí mismo, de tomar sus propias decisiones aunque le presionen, de valorar estar con gente que le acepte tal como es. De valorarse. A mí, desde luego, me parece que tiene mucho más mérito un tío que ha conseguido algo así que el que tumbaba a todos bebiendo.

Hace dos años que se tomó la penúltima. Y la última, también. Sin duda lo consiguió porque antes pudo decir en voz alta “El alcohol no es bueno”: reconocer que no era un amigo. Igual que no lo fueron otros.

 

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Relato de una adicta al alcohol: “Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

Ahora vives dentro de mi vientre. Flotas tranquilo y feliz en tu burbuja. Te protejo. Nacerás, crecerás, te enfrentarás a la vida con mi ayuda y un buen día por ti mismo. Para ti.

Yo tuve que hacerlo por mi cuenta. Mi madre, tu abuela, hundida en su depresión, su cariño siempre lejano y añorado y yo responsable de que comiera, de que se duchara, de que se alejara del abismo del balcón, de que pudiese soportar la presencia de su marido sin romperse. Ella y mi padre, tu abuelo, se habían separado, pero una enfermedad hizo que volviera. En terapia me he permitido entender cómo me convertí en quien cuidaba la enfermedad de cada uno y la lucha entre los dos, cuando solo era una niña que necesitaba que la cuidaran.

“Y me hice de un amigo peligroso para sostenerme: el alcohol”.

A veces el día se hacía difícil de soportar. Mamá con una recaída, arrastrando los pies y las ojeras por la casa, como quien va llenándola de nubes grises. O mi padre ingresado de nuevo en el hospital, conmigo como única compañía. O ese viaje de fin de curso, esa fiesta de cumpleaños, esa excursión a la que iría el chico que me gustaba… tantas cosas a las que tuve que renunciar.

 

 

 

“La primera cerveza la tomé en el parque con los compañeros, el último día de colegio. Sabía amarga, pero me aturdió la cabeza tan dulcemente que volví a repetir. A repetir. Y a repetir”.

 

 

 

Cada vez más a menudo. Cada vez más cantidad. Su amargura se convirtió en el sabor más agradable, porque con él mi mundo se esfumaba, se convertía en un minuto de alegría eterna con mis amigos. Unas veces reía y bailaba con ellos; otras, lloraba, deshaciéndome de esas lágrimas que no podía mostrar a nadie más.

Mis amigos y yo fuimos separándonos. Ya adulta y sin la responsabilidad de mis padres, me había quedado con ese mal amigo que no iba a irse fácilmente: el alcohol. Aún le necesitaba. Con él había ido aprendido a enfrentarme al dolor, a las preocupaciones, a las responsabilidades, a las relaciones difíciles, a varios fracasos amorosos, al aislamiento mientras estudiaba mi oposición. Y a mí misma.

“Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Eso lo echó todo a perder con Óscar. A él siempre le pareció que yo bebía más de lo normal. Comencé a no hacerlo cuando salíamos. Pero no podía pasar ya sin beber. Me temblaba el cuerpo. No pensaba con claridad. Bebía en casa, a escondidas, mientras él estaba trabajando. Cada día intentaba no hacerlo. Y cada día me decía “sólo un botellín, eso no hace mal a nadie”. Entonces yo misma decidí no tener ninguna clase de alcohol en casa. Pero terminé saliendo a comprarlo en cualquier sitio, con urgencia, como uno de esos borrachos furtivos que esconden la botella en el bolsillo de la gabardina. Yo iba escondiendo botellas y latas detrás de los muebles de la cocina o en las cajas de zapatos.

Cuanto más oculto, menos peligro de que me descubriese Oscar; y de que yo descubriese en quién me había convertido. Pero podía esconder las botellas, no mi mirada vidriosa, el aliento de fuego y aquella forma de perder el control cuando discutíamos, le gritaba y tiraba cosas al suelo.

“Oscar se fue. Con treinta y siete años volví a quedarme sola, tan sola como aquella niña habitando una casa gris donde convivía con dos fantasmas vivientes”.

Cuando se me pasó la borrachera vacié la última botella que tenía en casa por el lavabo. Mientras veía cómo la cerveza giraba y desaparecía por el desagüe, me prometí que eso es lo único que se iría por el desagüe. No mi vida. No mi oportunidad, tal vez la última, de tener un hijo. De tenerte a ti.

Ha sido difícil romper con ese siniestro amigo. La terapia hizo que comprendiera dónde estaban las raíces de mi pasado sobre las que sustentaba su poder. Que encontrara en mí esa fuerza y ese amor por mí misma que necesitaba para arrancarlas.

Deseo desde hace mucho tenerte, hijo mío, pero ahora entiendo que solo podías llegar ahora, cuando estoy preparada. Con esa fuerza verdadera, con este amor nuevo. No solo porque mi sangre ya no está envenenada, sino porque no echaré sobre ti la carga de mis cargas, ni la imagen de mi adicción. Ahora seré la madre que te proteja, te cuide y te prepare para caminar solo. Para que nunca necesites como muletas a un amigo destructor.

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“Algo cálido e inalcanzable” o cómo un director de multinacional abandona su adicción al sexo y Cocaína

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Alicia Pérez

“Él no era, ni sería nunca, un animal hermoso. El mundo era lento y frío. Sin embargo existía una cosa cálida que las mujeres tenían entre las piernas; pero él no tenía acceso a ella”. (1)

Bruno cierra el libro. “Las partículas elementales”, Michel Houellebeq. Se ha reconocido en esa frase, como si el autor hubiese contemplado por una ventana al muchacho de hace cuarenta años, aquel que se convertiría en Bruno Arrianza, director de una multinacional, esposo, padre y ex adicto. El terrible Houellebecq escribe sin concesiones; la realidad duele sin concesiones. Pero si alguien ha escrito eso, las vivencias de Bruno no están fuera de lo común. Se siente comprendido y se comprende desde las páginas escritas por un desconocido. ¿Cuánto hace que no leía una novela? Es uno de esos placeres que su obsesión por el sexo y la cocaína no le habían dejado disfrutar en muchos años.

Tratamiento de adiccion al sexo en Madrid

Respira hondo, reposa la cabeza en la hamaca y cierra los ojos, desmenuzando las palabras que acaba de leer. Allí está el origen de su adicción, lo comprendió en terapia. Ese “mundo lento y frío”, la crisis de la adolescencia, la tensión de una carrera durísima; él también deseaba el calor de una entrepierna de mujer. Sus amigos tenían éxito con las chicas. Bruno envidiaba sus pectorales, su estatura, su verborrea. Él, en cambio “nunca sería un animal hermoso”. Tenía inteligencia y perseverancia. Eso no impresionaba a las chicas de su edad, pero Bruno supo que no le faltaría nunca dinero para comprar ese calor que necesitaba. La noche que se licenció como ingeniero en Telecomunicaciones fue la primera vez que pagó una prostituta.

Una descarga de la tensión. Placer para aliviar los problemas. Además, en aquellos encuentros Bruno se convertía en el macho alfa por unas horas. No tenía que demostrar nada ni le causaba malestar saber que aquellas mujeres no estaban con él por deseo. Una buena profesional sabía hacerle sentir deseable. Importante. Seductor. Es un juego, siempre lo supo, pero le servía de refugio y de vía de escape. Era su derecho, lo había conquistado. No iba a renunciar a él, se decía; sin comprender que ya no era libre para decidirlo.

Cuando conoció a Laura pensó cambiar: una mujer le quería y le deseaba tal como era; cálido y a su alcance, tenía el refugio al que regresar después de un agobiador día de trabajo y podía disfrutar de un sexo con verdadera atracción mutua. Pero al poco tiempo estaba frecuentando los mismos prostíbulos. Se casó con Laura, pero seguía necesitando esa vía de escape. Semana tras semana, año tras año, sin darse cuenta, el sexo había dejado de ser algo que le ayudaba a relajarse, a rendir en su trabajo, a relacionarse con los demás con más seguridad. Se había  convertido en el centro alrededor del cual giraba el resto de su vida.

A  pesar de estar felizmente casado, la obsesión por el sexo no le dejaba disfrutar plenamente

Ya habían nacido sus dos hijos cuando le ofrecieron cocaína por primera vez. Su cerebro, controlado y lógico, se agarró con fuerza a aquel nuevo refugio que le permitía desconectar. Había pasado de los cuarenta, sus erecciones eran cada vez más difíciles y cortas; la cocaína hizo que el sexo fuese aún mejor que antes.

Su trabajo en la multinacional se convirtió simplemente en el medio para pagar sus adicciones. Y las adicciones hacían que su cerebro cada vez estuviese menos lúcido, sus nervios menos templados, las excusas para su doble vida más difíciles de sostener. Su trabajo comenzó a peligrar. ¿Y su familia? ¿Dónde quedaba? ¿Aplastada entre esos dos pilares tambaleantes? Podía haber perdido para siempre el amor de Laura, que terminó por enterarse de todo pero siguió apoyándole y exigiéndole, recaída tras recaída. El respeto de sus hijos, que siempre le creyeron capaz de conseguirlo. Sus nietos, que corretean ahora por del jardín, y de los que no hubiera podido disfrutar. Esta tranquilidad de no montar complicadas historias para ocultar sus escapadas. Envejecer con dignidad, sin sentirse continuamente culpable, sin control, víctima de sus adicciones. (2)

Tras varios intentos, Bruno lleva dos años de abstinencia de la cocaína y disfruta del sexo

Tratamiento de adiccion al sexo en Madrid

Esta ha sido la quinta vez que lo intenta. La definitiva. Lleva dos años de abstinencia. Gracias a ese esfuerzo no ha perdido todo: ha ganado el derecho a disfrutarlo.

Vuelve a abrir el libro:

“Muchos años después, seguía en la duda. Aquellas cosas habían pasado; tenían relación directa con un chico tímido y obeso, cuyas fotos guardaba. Ese chico estaba relacionado con el adulto devorado por el deseo en que se había convertido”

Bruno sonríe. Vaya con el escritor. Sí, a veces duda y se sorprende de haber hecho todas las cosas que hizo. La meta de su vida había sido sexual, pero estaba cambiándola ahora gracias a que, por primera vez, no rechazaba a aquel chico tímido y poco agraciado que fue. Sabía que era parte de él. Le aceptaba y comprendía. Le consolaba. Y, como un fantasma que cumple su misión y al fin puede partir, Bruno ya no tiene que alimentarle con ninguna adicción. El mundo ya no es tan frío. Bruno vuelve a cerrar los ojos y siente ese calor. Las voces y las risas de sus nietos jugando al escondite son un regalo. “Tengo tanto que agradecer por haberme encontrado con ese psicoterapeuta …”

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La mujer del póster

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Isabel Osma

-Miguel, tienes una novia que no te la mereces. Lo mismo es una chica lista y se arrepiente esta noche.

Una broma sin más de un amigo, la frase típica en una típica despedida de soltero. Pero Miguel no ha dormido bien, dándole vueltas. Y peleando entre el deseo de volver a su evasión para olvidar su angustia o dominarse. A la luz de la mañana distingue su traje de boda, colgado en la puerta del armario. Sí, su amigo no tenía ninguna mala intención. La gente que le rodea siempre ha creído que Miguel tiene seguridad de sobra, que se le puede hablar así sin acomplejarle. Es un hombre alto, atlético, de rasgos agradables, a quien las mujeres persiguen desde que tiene uso de razón.

Muchas de esas mujeres le acusaron de engreído y de insensible. La timidez, el miedo y la culpa se disfrazan de muchas maneras. Lo que parecía soberbia y distancia era miedo al sexo, a no quedar bien, a no saber cómo. Y la imagen contagiada por su familia del sexo como algo sucio, lo que hacía que se sintiese incómodo y no terminase de funcionar bien en la cama.

adiccion al sexoNinguna de esas mujeres, ninguno de sus amigos, sospecharían que ha sido adicto al porno durante años; él, que podría haber tenido un rollo siempre que quisiera. Ahora mismo, a unas horas de casarse,  se obsesiona pensando si no vale lo suficiente para su novia, si va a perderla, y se desespera por no poder encender el móvil y, como habría hecho antes, abrir una aplicación de sexo virtual, masturbarse y relajar esa tensión. Esas dudas.

Al principio fueron las revistas porno. Esas que iba cambiando de escondite para que no las encontrara su madre. Miguel se obsesionó tanto con una de las modelos de aquellas revistas que, si cierra los ojos, aún puede recordar sus curvas, sus labios y su estudiada mirada de deseo. La mujer del póster central que siempre le acompañó en sus fantasías.

Entonces aún había chicas reales en su vida. Eso sí, relaciones cortas, esporádicas. Entonces aún tenía pelo. Pero pasó de los treinta, y ya no era raro que un amigo le dijera con sorna que “no tenía un pelo de tonto”, o que conociera a una chica en un bar y le creyera diez años más viejo. Miguel tiene cada vez más miedo al rechazo, cree que ha perdido su atractivo. Sumado al miedo de siempre, el miedo a que, si no le rechazan… ¿cumplirá después las expectativas? La chica del póster nunca le exigió nada ni se fijó en su aspecto.

A cambio de su pelo recibió un regalo del destino, o una maldición, llegó Internet, y el porno, que ya había comenzado a moverse y a gemir en las películas, ahora tenía otra dimensión: interactuar. Miguel ya no soñaba con una modelo porno: podía verla y ser visto, hablarla, escuchar sus susurros y el modo en que se ponía caliente, y él podía excitarse  aún más, imaginando que la seducía, él, con su calva y con sus inseguridades.

 ¿Qué había de malo en ello?  No hacía daño a nadie. Era un entretenimiento como el de otros; a él no le gustaba tanto el fútbol y las series de televisión no eran suficiente.

Los adictos al porno pueden llegar a perder relaciones sociales

Pero Miguel encontraba tanta satisfacción en su entretenimiento que fue perdiendo el resto de su vida. Cuando quiso darse cuenta se pasaba horas masturbándose; apenas salía de casa porque prefería esa relación fácil a cualquier otra real; no contestaba el teléfono para no interrumpir sus encuentros virtuales. Se conectaba cuando quería sentirse satisfecho, aunque la insatisfacción creciera después. Cuando su vanidad fallaba porque había recibido una crítica, pero también como premio cuando había triunfado. Cuando estaba aburrido y cuando tenía una montaña de trabajo atrasado sobre el escritorio. Para consolarse, cuando murió su padre, y para celebrarlo, cuando nació su sobrino; llegó tarde al tanatorio y al hospital.

adiccion al sexoCuando conoció a Alicia y deseó tener una relación real con una mujer real, sintió que ya no era capaz de hacerlo. Necesitaba ayuda.

Gracias al control de estímulos al que se prestó en terapia (un programa en el móvil y en el ordenador le impedía entrar a ver porno) pudo comenzar una abstinencia, dura, pero que le permitió distanciarse de su obsesión y empezar el verdadero proceso de su recuperación: hablar con el psicólogo de una forma abierta y sincera, verse capaz de sanar, aceptar sus fantasías, ser más objetivo consigo mismo, entender de qué huía con su adicción y qué perdía huyendo, comprender la importancia de controlarse para ganar una vida satisfactoria con una mujer que le encuentre atractivo, interesante, buen amante, por él mismo. Verse con otros ojos a través de una mujer real, no de una de papel. Y perder el miedo al sexo. Al sexo real. Disfrutarlo.

La adicción al porno y al sexo tienen solución

Eso fue hace un año. Va a casarse dentro de unas horas. Ya no tiene esa aplicación que le impide buscar sexo fácil. No la necesita. Pero está nervioso, inseguro. Es un sentimiento antiguo. Para el que hay respuestas nuevas. Reales. Valiosas. Coge el móvil. Activa la vídeo llamada.

                -Hola Alicia, amor. Estoy hecho un puro nervio. Tengo tantas ganas de estar contigo que tenía que llamarte.

                Una risa fresca y una mirada provocadora responden al otro lado de la pantalla.

                -Ummm…Me encanta. Pareces un adolescente enamorado, jajaja. Yo también estoy hecha un puro nervio de las ganas de verte esta noche…y todas las demás.

               

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Cocaína blues: la historia de Juan y el consumo de cocaína

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Isabel Osma

Juan duda de si es el mejor camino. Pero es el camino al que le llevan sus pasos. Cuando salen de gira trabaja muchas horas, montando y desmontando los equipos de sonido, recorriendo carreteras, durmiendo de día. Si no se colocara un poco de vez en cuando le tomarían por pardillo. En su mundo, todos necesitan un empujoncito para seguir el ritmo, mantenerse ágiles de mente y de cuerpo.

Es solo otro loco, loco día en la carretera, con la cabeza llena de nieve”.

No lleva una mala vida. Algunos creen que para meterte en drogas tienes que estar en el paro, que te deje la novia, que tu padre te diese palizas de pequeño o ser un tipo al que le cuesta hacer amigos. A Juan le encanta su trabajo, suele caer bien a todo el mundo y Nuria es una mujer pasional y divertida a la que da gusto regresar después de esos agotadores viajes. Nunca le había reprochado nada. No está celosa porque se pase semanas fuera de casa y cuelgue en Instagram fotos con las chicas del grupo de baile, no le da la charla porque se meta algún tirito ocasional en una fiesta, aunque ella nunca quiso acompañarle.

 “Préstame un nuevo mundo durante toda la noche, sentir la vida. Quiero montar un caballo blanco”.

juan consumiendo cocaínaPero algo ha cambiado. Ahora, continuamente, todo son escenas y gritos. Juan sabe que aquello empezó con el embarazo. Tal vez Nuria está más sensible. Y él, la verdad… desde que se enteró de que va a ser padre, siente un malestar que solo le calma la coca. Un malestar que se aplaca, pero regresa luego con más fuerza. No es que no desee ese niño, pero se fija en otros padres y no se siente preparado para esas charlas monotemáticas, visitar las urgencias de los hospitales ni pasar las noches acunando a un bebé llorón. Y, sobre todo, cuando piensa en que a ese niño hay que educarle, el malestar toma la forma de un ladrillo incrustado en el estómago.

Criar a un hijo, educarle, acertar, le parece una tarea que rebasa sus límites. Juan estará muchos días fuera de casa, igual que su padre; su hijo le echará de menos, igual que le pasaba a él. Y, cuando esté, tal vez no sea más que una sombra que trae dinero a casa y luego se baja al bar. No quiere que Nuria sea una madre que llora por los rincones, como fue la suya. Criar un hijo es una tarea de adultos, para la que ni sus padres adultos parecían demasiado preparados, ¿cómo va a estarlo él, que todavía se siente joven, con ganas de fiesta, ahogado cuando le hablan de obligaciones?

Observo una mano llena de planes rotos y estoy cansado de no darle importancia. La dama blanca te quiere más”.

Juan y su consumo de cocaína

Los compañeros le dan palmaditas en el hombro y bromean sobre su paternidad, el fin de la buena vida, de la juventud. Bueno, ya lo hicieron cuando se casó, y no puede estar más contento de vivir con Nuria. Pero, ahora, cada vez que uno le habla de pañales y de bronquitis, se mete un tirito de coca. Y, si eso le ayuda, piensa, podrá así afrontar el futuro mientras se prepara para cuando llegue.

Si tienes malas noticias, si quieres patear la tristeza, cocaína”.

Pero Nuria no lo ve así. Dice que no está afrontando, sino evitando. Que ya no le conoce. Que está harta de un hombre agotado y como ausente. De sus cambios de humor; de que no coma con ella; de que la despierte en mitad de la noche gritando que le persiguen cucarachas; de que no pueda ocuparse de nada porque está apático y desorientado; de sus gatillazos; de que ahora no les llegue el dinero a fin de mes. Hasta esos momentos de euforia en los que Juan se siente el rey del mundo, parecen molestarla.

“¿Qué nos ocurre? ¿Qué me ocurre? ¿Qué sucedió mientras lo dejé ir?”.

Hace dos semanas, Juan se alteró tanto con las quejas de su mujer que dio un golpe contra la mesa y destrozó el cristal. Nuria se asustó mucho, se marchó llorando a la calle. Y Juan, por primera vez, viendo su puño rojo de sangre, sintió miedo del monstruo que le crecía dentro. Se mira en el espejo y no se reconoce. Las ojeras de su padre los días de resaca. La piel pegada a los huesos. El pelo raleando. Entonces, ve en el espejo cómo se distorsiona su cara, como si fuese un amasijo de plastilina fácil de modelar. La realidad y las visiones han dejado de ser mundos separados.

“Esta vieja cocaína me está haciendo enfermar. Cocaína inundando mi cerebro”.

Relatos de terapia A Juan le cuesta reconocer que no, la cocaína no es una amiga, sino un veneno. Mira a su alrededor con ojos nuevos, y ve que algunos de sus compañeros están ya en un punto sin retorno. No sabe cuánto le falta a él para llegar a ese punto. Para perder a su familia, para arruinarse, para hacer peligrar su vida, para no tener más amigos (si lo son) que otros consumidores. Para ser un esclavo del polvo blanco.

El doctor dice que te mata, pero no dijo cuándo”.

Dejar el consumo de cocaína

No, él no es como ellos, se dice. Cuesta mucho, lo sabe, pero puede dejarlo. Solo necesita perder el miedo. Miedo a que, sin la dama blanca, el vacío le engulla. El aburrimiento. La nada. Miedo a que los compañeros le vean como a un bicho raro. A la soledad. Nunca se sintió del todo a gusto consigo mismo, como si la vida se transformase a veces en una niebla triste de la que necesitaba esconderse. Cuando encontró el dulce veneno de la cocaína todo parecía más fácil: ya no necesitaba pensar. En esos momentos, solo ella ocupaba su mente.

“Si quieres caer y quedarte en el suelo: cocaína”.

Juan ha decidido probar a ir a terapia y terminar con el consumo de cocaína. Con muchas reticencias. Y vergüenza. No quiere que le metan en uno de esos grupos de drogadictos que se auto compadecen. El no es uno de ellos. Pero, desde el momento en que ha entrado en la consulta, se ha sentido en un lugar tranquilo, seguro, donde es aceptado y comprendido. Donde le darán fuerza para dejar de ser un esclavo. Ha salido a la calle con la sensación de que es capaz de conseguirlo. De que se puede regresar de ese viaje a los infiernos, de que van a ayudarle. Y de que también le ayudarán a explicar y a llenar ese vacío que siente cuando no consume.

Intentando no olvidar todas las formas de la alegría, toda la formas de la felicidad”.

Se sienta en la calle a fumar, intentando aplacar el deseo de llamar a uno de sus camellos para conseguir su recompensa por este nuevo esfuerzo. Sería la última vez. Enciende y apaga el móvil, luchando contra el ansia. Para olvidarse, mira cómo los niños juegan en el tobogán. Un padre recoge a un pequeño que llora después de caerse al suelo. Los dos se abrazan y Juan ve en el rostro de ese niño, que sonríe con la cara manchada de barro y lágrimas, y de ese padre que le habla al oído con infinita ternura, que su lucha va a merecer la pena.

No es un efecto secundario de la cocaína, estoy pensando que debe ser amor. Es muy tarde para llegar tarde otra vez… Voy dejar pasar el día sin ella”.

 

NOTA: Los textos en cursiva pertenecen a temas de Rolling Stones, Goldfrapp, E. Smith, E. Clapton, Placebo, B. Dylan y D. Bowie.