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Lo extraño es vivir: la historia de Kiko y el consumo de porros

Vamos, Kiko, no me digas que has dejado de ir al psicólogo y que estás otra vez fumando maría. Y no me vengas con que soy un brasas, que más que yo no ha fumado ni el Bob Marley y te entiendo. Poco a gusto se queda uno después de un par de porros, como que nadie puede tocarte las narices porque todo te parece bien. Pero por eso mismo, porque sé de qué va la movida. Y porque hemos sido colegas desde que íbamos al colegio y a mí me alucinas, no hay dos como tú, y eso nunca te lo he dicho porque parecen mariconadas, pero hay cosas que uno tiene que hacer y una era decirte que te admiro.

Que yo he dejado muchas otras cosas por hacer, entre porro y porro poco tiempo me daba para que me importase algo, pero tú has estado ahí, pum, pum, pum, currándotelo, estudiando un oficio, aguantando a la chunga de tu madre, trabajando de sol a sol, entrenándote, intentando que las drogas y la priva no te dejasen en la cuneta. Yo no sé qué buscas en esos cómics que tanto te molan, si tú eres más superhéroe que los de la Marvel, esos tíos tan macizos pero tan lloricas, que no han peleado en la vida la mitad que tú y que jugaban con ventaja porque tenía poderes.

Porque, a ver, Kiko, que yo también he visto películas de esos tíos y tú no venías de otro planeta ni te había dado una radiación tocha. Tus padres no eran dioses, millonarios, científicos, ni el amor y la educación con patas. . Nunca te comiste una rosca, ni has sido un lumbreras, ni has tenido pasta más que para pasar el mes y gracias, eso sí, lo que te costaba menos era pegar fuerte cuando había pelea. A tu madre solo le falta volar en escoba para ser una bruja y tu hermano, como para darte ejemplo…ejemplo de desastre. Tú…parecía imposible que sacaras cabeza.

Porque allí estábamos todos, tíos corrientes, como tú, en el parque, quejándonos de lo difícil que es vivir, de lo jodido que es terminar la enseñanza obligatoria, ya no veas encontrar un trabajo de mierda donde luego no te exploten demasiado, y de cómo nos engaña el gobierno y cómo nos persigue la poli, y lo difícil que es encontrarse una piba legal. Y el porro y la litrona y echarse una risas y quejarse de todo con los colegas para pasar la vida, quién puede pedirnos más si no somos superhéroes.

Pero tú, tan corriente como nosotros, no sé de dónde sacabas esas fuerzas, intentando salir del agujero una y otra vez. Terminaste el colegio y te pusiste a aprender un oficio, un cocinero de la hostia eres, te lo digo yo que he probado tus paellas, y en cuanto tuviste un curro te fuiste a terapia para dejar la marihuana, dos años peleándotelo, y luego recaíste y te parecía que no había servido para nada, que tres años después tuviste que volver al psicólogo y ya no eran solo porros, sino también coca.

No jodas, Kiko ¿cómo que para nada? ¿Tú te has fijado cuántos nos quedamos colgados por el camino durante esos años, sin trabajo, sin estudios, sin futuro, sin ganas de luchar ni de mirarnos a la cara?

Y nosotros, tus amigos, no te animamos en tu pelea, como para animar a otros estábamos. Y un poco de mala leche, también te lo digo, aunque sea un mal rollo reconocerlo, que cuando otro sale de esto es como que te da rabia o que te dices “mira, pues sí que se puede” y entonces te planteas que deberías salir también, esforzarte, intentarlo. Pero es más cómodo decir “el Kiko es un rajado; al Kiko le explotan en el trabajo, es un esclavo del sistema; el Kiko se cree más que los amigos, nos desprecia los porros…

Y en lugar de animarte a dejarlo, te liamos más. Que ya estabas tú sacando la cabeza, casi no le dabas a las drogas, te habías metido en la hipoteca del piso con ayuda de tu viejo, y tenías un trabajo bien pagado y con horarios de persona normal, que me habías dicho que te querías apuntar otra vez al gimnasio o a hacer senderismo o hasta a una página de esas para conocer tías. Y entonces lo de la pelea. Que sí, tío, que en vez de llevarte con nosotros al agujero teníamos que haberte dicho “Vete bien lejos y no aparezcas más por el barrio”, pero cuando se organizó el lío tú estabas ya tan colgado como nosotros… y la paliza de órdago que te dieron y perder el trabajo de puta madre. Las palmaditas en la espalda que te dimos después no creo que te sirvieran para pagar la hipoteca. Ni para nada. Más que para que sintieras que eras uno de los nuestros. De nuevo.

Y vuelta a trabajos de mierda, de sol a sol y de martes a domingo, como los esclavos pero peor, que a ellos por lo menos les pagaban la comida y la cama y tú tuviste que alquilarle una habitación de tu piso a una tía que resultó ser una petarda, para pagar la hipoteca. Que vuelvas a casa reventado cada noche y fumes, esnifes, bebas…pues qué te voy a decir, que es lo más normal, lo que haría cualquiera de nosotros.

Pero el Kiko no es cualquiera. Tú, tío, sigues con esa fuerza que no está en el catálogo de la Marvel, y te das cuenta otra vez de lo que te joden la vida las drogas y te importas lo suficiente como para decir “no voy a permitirlo”, y vuelves al psicólogo, y te vienes arriba sin nadie que te jalee, más solo que la una, que tú ya sabes que los superhéroes tienen que guardar su secreto y pelear solos, y nadie les comprende a su alrededor, las pibas y los jefes les tratan como a unos pringados y ellos mismos dudan a veces.  Aunque, ahora que lo pienso, hasta los raritos se juntan entre ellos, la Liga de la Justicia, los X Men y todo ese tinglado. Que seguro que tú terminas encontrando otros amigos que no te lleven al hoyo, sino que sumen fuerzas. Y no andas solo, que el psicólogo te está ayudando de nuevo para reactivar esas fuerzas y que te mantengas firme, firme, en no vernos ni drogarte.

Y, gracias a eso, te libraste de ir con nosotros aquel día en el coche.

Así que no digas que te rindes, que dejas la terapia de nuevo. Cuando pases por el barrio y te enteres de que la he palmado en el accidente, te va a dar por pensar que lo extraño es vivir. No solo mantenerse vivo sino, como tú, luchar por vivir. Yo sé que no puedes escucharme, pero mis palabras están ya en tu cabeza. Agárrate a la vida con fuerza, Kiko, por ti y por mí. Con tus super poderes de barrio. De puro tozudo, invencible.

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5 patrones de comportamiento de la adicción a la cocaína con los que debes romper ya

Las personas adictas a la cocaína tienden a desarrollar hábitos que son muy difíciles de cambiar. Repiten comportamientos de forma automática, y aunque esos comportamientos tengan consecuencias negativas, parecen incapaces de evitarlos.

Aunque aún se desconocen los mecanismos cerebrales que explican este fenómeno, un estudio publicado por la revista Science y dirigido por la investigadora Karen Ersche, considera que las terapias más eficaces son precisamente aquellas que potencian la capacidad de los enfermos para desarrollar nuevos hábitos más positivos que sustituyan al consumo de cocaína.

Después de años de experiencia tratando (y curando) a numerosas personas adictas a la cocaína, en Impasse hemos identificado ciertos patrones de comportamiento comunes a todos los adictos.

Los cinco comportamientos que presentamos a continuación son señales inequívocas que deben alertar al enfermo o a las personas que lo rodean del problema. Detectarlos y tratar de romper con ellos poco a poco, desarrollando la fortaleza del paciente, es una de las estrategias habituales en la terapia para superar la adicción a la cocaína.

1. Aislamiento social del adicto a la cocaína

La adicción a la cocaína conlleva, invariablemente, el aislamiento social. Aunque persiste el estereotipo de que la cocaína nos hace más sociables y extrovertidos, lo cierto es que esta droga va recluyendo al adicto en un círculo cada vez más pequeño, poblado únicamente por otras personas que sufren el mismo problema o viven de él (camellos, etc.).

Para escapar de esta adicción es crucial intentar reconectar con los círculos sociales alejados de ese mundo. Cambiar de ambiente y compartir tiempo con personas cuya vida no gira en torno a la cocaína te permitirá ver tu problema con cierta perspectiva y darte cuenta de algo que probablemente habías olvidado: es posible vivir sin cocaína.

2. Mentir(se)

Mentirse a sí mismos y a los demás es un comportamiento asociado a cualquier adicción. La mentira encubre el problema, evita tener que enfrentarse cara a cara con él y es otro de los comportamientos “automáticos” inducido por la cocaína.

También se recurre a la mentira para enmascarar los síntomas físicos y psicológicos derivados del consumo excesivo de esta droga y, por supuesto, para conseguir el dinero o justificar los problemas económicos que implica.

Pensamientos o expresiones del tipo “Lo tengo controlado” o “Lo dejo cuando quiera” son las mentiras más habituales. Desde Impasse te recomendamos que las evites. Aunque te parezca un detalle menor, dejar de recurrir a estas mentiras (tanto si las verbalizas ante otras personas como si te las repites mentalmente ante el espejo a solas) puede ser un avance en el proceso de curación.

3. Atracción por comportamientos de riesgo

La adicción a la cocaína altera de tal forma la conducta y el buen juicio de quienes la padecen que, de forma generalizada, manifiestan comportamientos que ponen en peligro su integridad física, por ejemplo conductas sexuales de riesgo que pueden acarrear enfermedades infecciosas graves (VIH, Hepatitis C, etc.), accidentes de tráfico, peleas, etc. También son frecuentes los conflictos con la autoridad que provocan desde la pérdida de un empleo a problemas legales, etc.

Si consumes cocaína y presentas este tipo de conductas, evítalas por todos los medios: no solo estarás contribuyendo a preservar tu salud y tu bienestar, sino que además empezarás a retomar el control de tu vida que habías delegado en la droga.

4. Gastos excesivos (problemas financieros)

La adicción a la cocaína sale muy cara también desde el punto de vista económico. El gasto excesivo para atender un consumo cada vez mayor suele terminar en deudas y problemas financieros muy serios.

Prestar atención a la cuenta del banco puede ser un toque de atención que te sirva para darte cuenta de otra dimensión del problema. Fíjate en tu estilo de vida y trata de calcular tus gastos para que puedas ponerle una cifra a tu adicción.

Lo primero que conseguirás con este pequeño-gran cambio de comportamiento es tomar conciencia de en qué punto estás y darle visibilidad (en forma de números, en este caso) a la cocaína.

5. Abandonarse

La adicción a la cocaína invade cada momento de la persona adicta. No hay tiempo para otra cosa que no sea colocarse, comprar la cocaína o desear estar colocado. Obviamente, hacer una vida mínimamente normal queda fuera de la agenda. Ir a la compra, cocinar, hacer deporte…

A esto nos referimos con lo de “abandonarse”. Descuidarse en aspectos fundamentales (incluso de higiene personal) suele ser una de las consecuencias directas de la adicción a la cocaína.

Para combatir esta conducta, resulta muy útil incorporar a tu vida una serie de prácticas que impliquen cuidado personal en sentido amplio: obligarte a preparar (y comer) una buena comida, salir a pasear, correr o cualquier ejercicio físico que te atraiga, poner un poco de orden en casa, retomar una afición abandonada o descubrir una nueva, etc. En definitiva: desarrollar costumbres diarias para cuidarte y dedicarte tiempo que no impliquen consumir cocaína.

Te proponemos que adoptes estos cambios de comportamiento y los incorpores a tu día a día como una rutina. Quizá te parezcan poca cosa, pero son una forma de romper el círculo vicioso de la adicción. Imponerte nuevos hábitos es una batalla ganada en la lucha contra la drogadicción.

Como terapeutas especializados en la adicción a la cocaína, creemos que cambiar los comportamientos que conducen al abuso de esta droga es vital para superarlo. En Impasse te recomendamos que busques la ayuda de terapeutas que te guíen en el proceso, que sepan identificar cuáles son los hábitos que te atan a la droga y tracen contigo otros nuevos, haciendo un seguimiento personal de tus victorias diarias.