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Juego de máscaras: los últimos 25 años de Fany consumiendo drogas

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

“Gastamos toda la energía encubriendo quiénes somos cuando debajo de cada actitud hay un deseo de ser amado, debajo de cada enfado una herida que quiere ser sanada y debajo de cada tristeza hay miedo a que no haya suficiente tiempo.”

Mark Nepo

 

Fany se va arrancando jirones de la máscara en cada sesión de terapia. Debajo va surgiendo su auténtica piel y eso a veces duele cuando se sale al mundo: es carne viva, expuesta al sol de las miradas ajenas, al viento de las dudas, al frío de la inseguridad. Aprender a ser. Casi como aprender a andar. Pasos inseguros, alguna caída, la maravilla y la confusión. ¿Y quién soy? ¿Qué piel es esa en la que me sentiré bien?, se pregunta todavía, aunque  ya hace dos años que va al psicólogo y transita ese duro camino cada vez con menos muletas: ni drogas, ni borracheras, ni sexo fácil, ni falso orgullo, ni disfraces. Baja las escaleras aún impactada por las emociones que se han removido en la consulta. Se retoca en el espejo del portal la raya del ojo que se le ha corrido. Casi siempre hay alguna lágrima en esos momentos. Ahora puede llorar, permitirse ser frágil. Humana.

Qué difícil luchar tan duro para alguien que nació entre algodones, que consiguió siempre lo que quiso, que nunca recogió un juguete ni se hizo la cama, que tuvo los mejores colegios… y los centros de desintoxicación más caros. Qué difícil habitar ese miedo, la resolución de permitirse no ser perfecta y la posibilidad de, por ello, no ser amada.

“El instinto nos guía a buscar algo más: la seguridad de que nos aman y nunca seremos abandonados a los lobos”

Desde que nació fue la niña de los ojos de su padre. Tal vez entonces su intuición de mamífero indefenso encontró allí el lugar donde agarrarse para sobrevivir. Nunca iba a faltarle el sustento, el fuego, un techo, cosas que un mamífero necesita para seguir vivo. Tampoco buenos médicos, la educación que le diera más futuros posibles, el capricho más pequeño satisfecho. Pero el instinto nos guía a buscar algo más: la seguridad de que nos aman y nunca seremos abandonados a los lobos. La frialdad triste de su madre no era un lugar cálido donde anidar. Su hermano, cuatro años mayor, que le ponía la zancadilla cuando nadie miraba porque se sentía el príncipe destronado, tampoco era un lugar de confianza. El refugio seguro y amoroso eran los brazos de su padre. El lugar pletórico, mirar el mundo subida a la orgullosa altura de sus hombros. Aunque esos brazos no siempre estuvieran disponibles. Su padre se volcaba en el trabajo, viajes, reuniones. Tal vez en otros brazos fuera del hogar.

 

La creación de una máscara

Fany, con su intuición de cachorro, luchaba por mantener a su padre cerca. Ni su madre, casi siempre deprimida y como ausente, ni ese hermano huraño y demasiado responsable, parecían capaces de llamar su atención y su amor lo suficiente como para retenerlo. Por suerte, tampoco para disputárselo. Fany, el cachorro, comenzó a detectar que su padre sonreía y la mimaba más cuanto más valiente, descarada y atrevida era. Si subía, aterrada, a lo más alto del olmo del jardín con cinco años su padre estaría allí abajo, no al rescate, sino con los brazos en jarras y riendo con todo el cuerpo “demonio de chiquilla” y luego se lo contaría a la familia y a los amigos, orgulloso. Si hacía novillos merecía la pena el castigo porque su padre no tenía más remedio que acudir al colegio y, a escondidas del director, le guiñaba un ojo. Si los amigos la enviaban a colarse en la cola del cine, el mal rato de la vergüenza por si la pillaban tenía doble recompensa: la admiración de sus amigos y el embeleso de su padre cuando se enteraba.

“Fanny aprendió a ponerse allí la misma máscara para sentirse también orgullosa, valiosa, la reina del territorio”.

Pero el padre, una mirada amorosa, un guiño cómplice, el valedor de sus secretos, se convirtió en héroe distante. La realidad era el colegio, de ocho de la mañana a ocho de la tarde, hasta los diecisiete años, ese era en realidad su hogar. Fanny aprendió a ponerse allí la misma máscara para sentirse también orgullosa, valiosa, la reina del territorio. Sin fisuras. Cuánto hubiese deseado entonces que su hermano fuera también su cómplice, un refugio entre tantos extraños: siempre tan firme, tan seguro, tan distinto de los demás sin importarle; él no se dejaba impresionar por la máscara de Fany. Cómo le admiraba. Pero no encajaba en el papel de Fany decírselo, reducir la distancia que les separaba, sino tirarle los libros al suelo y llamarle estirado delante de todos cuando se cruzaban por el pasillo. “Qué idiota eres, niñata”. Ella sentía entonces que algo no encajaba dentro de su pecho. Si hacía lo que los demás querían que hiciese para ser y sentirse especial, ¿por qué ese malestar en la garganta? Algo que se pasaba pronto, cuando los compañeros la jaleaban porque no le importaba plantarle cara a nadie. Imaginaba, entonces, que si su padre hubiese estado presente también la hubiese jaleado. Con eso valía para sentirse segura y fuerte por el momento, aunque no sentía valor por sí misma y eso es algo que se iría haciendo cada vez más fuerte y difícil.

 

Cambio de amigas y consumo de drogas

Con eso, y con su amiga Carlota, que era su familia más que su propia familia y siempre la había seguido en todas sus pequeñas audacias. Parecía tan deslumbrada como todos por su fuerza y su descaro. Desde los siete años había sido como una hermana y, cuando tuvieron aquella discusión que las separó para siempre, Fany se sintió tan huérfana y desvalida que tuvo que pisar el acelerador para que nadie se diera cuenta de que también se sentía sola y vulnerable: cambió de amigas, empezó con ellas a probar de todo, alcohol, drogas. Era ella también la más obsesionada en buscar chicos, en iniciarse en una loca carrera hacia el sexo. Un “¿a que no te atreves?” era lo único que necesitaba para atreverse a todo.

 

 

 

Cuántas veces se había acostado con alguien a quien realmente despreciaba o había ido con otro más allá de lo que deseaba; cuántas veces había probado una nueva droga, una mezcla, una dosis mayor, para resultar más valiente, más atrevida, más admirada, más aparentemente liberada que nadie. Y, sin embargo, ¿qué le importaba la opinión de toda aquella gente? No existía ningún hombre que se pareciera a su padre, no existía ninguna mujer con tanta personalidad como ella misma. Fany se sentía especial y brillante. Pero, ¿y si un día desease quitarse la máscara y entonces…entonces sintiese que no era nadie?

El consumo de drogas como refugio

“Recuerdos de noches de locura y días en blanco es casi lo único que le queda de los últimos veinticinco años”.

Las drogas no eran solo uno de los moldes de su máscara, sino una forma de desconectar de sí misma. De no buscarse, de no encontrarse con sus propios deseos y necesidades, de correr el riesgo de relacionarse con gente que le pareciera verdaderamente valiosa, de no sentirse una niña vulnerable que necesita amor y no sabe cómo conseguirlo.

Nunca se preocupó por el futuro. Sus padres la mantenían y le pagaban las repetidas estancias en clínicas de desintoxicación. Pero llegó un momento en el que se sintió demasiado cansada de esas montañas rusas. Con la sensación de que había perdido su vida entre aquel vértigo que aparentaba hacerle vivir la vida intensamente, pero le había impedido vivir el momento, ver el paisaje, los rostros de los demás, el horizonte y sus desafíos. Haber tenido una verdadera pareja, verdaderos amigos y un refugio amable en su propio interior.

Pensando en montañas rusas y máscaras y en comerse un suculento helado de vainilla, Fany sale a la calle. Por delante pasa a toda prisa una mujer con un carrito de la compra que casi la hace tropezar. Sus miradas se cruzan. Las dos mujeres se sonríen. “Disculpa, qué despiste llevo”, “No te preocupes, a todos nos pasa”. A todos nos pasa. Costará trabajo que la gente entienda que Fany se ha quitado su máscara, pero ahora que acepta su propia piel puede aceptar también la de los demás, ya no les desprecia.

Respira profundamente y saca el móvil del bolso. Sin pensárselo, para no arrepentirse, marca el teléfono de su hermano. No se han tratado desde hace años. Posiblemente la reacción sea fría y seca. Sabe que puede recibir un no, pero ya no necesita el orgullo para creerse valiosa. Ahora mismo está siendo más valiente de lo que recuerda haber sido nunca. Lo está haciendo por sí misma, no por los espectadores. Su hermano es, además de su asignatura pendiente, solo otro ser humano que intenta sobrevivir detrás de su propia máscara.

 

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La penúltima copa: la historia de Goyo y su adicción al alcohol

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

¿Sabes que Goyo lleva dos años sin beber? La primera vez que llegó borracho a casa tenía doce. Su padre preguntó entre risas a su madre si le había dado un caldito al niño, como si viniera de realizar lo que toca a su edad, casi una hazaña. Seguro que tú, como yo, piensas que eso es una barbaridad, pero no me niegues que parece que beber es bueno, es enrollado, es pura fiesta, ese puntillo que te libera, los borrachos que hacen reír. ¿O…quizás no sea tan bueno?

Goyo aprendió que gracias al alcohol podía ser el alma de la fiesta. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero pronto empezó a sentirse una marioneta incapaz de salir y no beber.

Que era bueno le enseñaron a Goyo, como a tantos. Un niño tímido y algo torpe que aprendió que, gracias al alcohol, podía ser el centro de la fiesta. Me contó que con trece años ya bebía con sus amigos en la plaza de su pueblo. A su padre le parecía normal, cosas de hombres, se sentía orgulloso cuando le decían “¡Menudo es tu chico! no le tumba nadie”. Pasaron los años y seguía aguantando más que nadie, bebiendo para relacionarse, invitando siempre a otra ronda, la única forma de pasar el tiempo. Goyo no se esforzaba por ser sociable, divertido, caer bien. Bebía y entonces se desinhibía, reía, le hacían caso. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero cuando la borrachera pasaba Goyo volvía a ser él mismo. Y ya ni siquiera sabía quién era, porque beber era una forma de huir continuamente de sí mismo.

El alcohol no le ha dejado oportunidad para madurar. Me confesó que se siente como si hubiera vivido durante veinte años en un túnel; durante ese tiempo no ha sido más que una marioneta que ya no sabía salir con amigos, acercarse a una chica o pasar una tarde en casa, sin beber. Sin anestesiarse para ser otro. Sin preguntarse quién era y si, al final, no sería alguien lo suficientemente interesante como para disfrutar siendo él mismo.

A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum.

El cuerpo le pedía alcohol y siempre encontraba una excusa

A muchos nos parecía interesante. Seguro que tú también tienes algún amigo con ocurrencias de borracho que te hacen reír, pero del que piensas. “Con lo majo que es, por qué necesitará eso. Ya no le no veo un día completamente sobrio, se va a hundir”. A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum. No está dispuesta a crear una familia con alguien que se escape de los problemas o los cree, en lugar de afrontarlos.

Goyo seguía pensando que no era un alcohólico, pero reconocía que, si iba a casarse, tenía que sentar la cabeza. Así que respondió “Vale, lo dejo. No tengo ningún problema”. En unas semanas comprobó que eso era un autoengaño. Un imposible. El cuerpo le pedía alcohol. Y siempre encontraba una excusa. Una cerveza fresquita, lo único que le quitaba la sed. Un cliente a quien invita a comer, cómo le va a hacer el feo de no acompañarle con el vino. Un amigo con el que celebrar un ascenso, un campeonato, un cumpleaños; brindar con agua no es brindar. Ninguna copa era la última. Siempre era la penúltima.

En busca de ayuda profesional

Goyo fue a pedir ayuda a un psicólogo especialista en adicciones. Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera. Ahora, si ve un borracho durmiendo en un banco del parque ya no se ríe; le entristece un hombre sin control en una situación humillante, que despertará machacado y con necesidad de volver a beber para sentirse mejor. Si ve una pandilla de chicos y chicas haciendo botellón, ya no envidia cómo se “divierte” la juventud: sabe que alguno de ellos tendrá una experiencia de la que avergonzarse o arrepentirse, perderá el conocimiento, se vomitará encima, abusará de otra persona o será abusada, tendrá un accidente…

Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera.

Nunca me había parado a pensar en lo difícil que es alejarse del alcohol en nuestra sociedad, hasta que me lo contó Goyo. ¿Te imaginas lo que cuesta contenerse para no consumir algo que está por todas partes y que te anuncian como “bueno”? ¿Explicarle cada vez a los amigos, la familia, los compañeros que te insisten, que no vas a beber más? Para algunos es como si cuestionases el que ellos beban…y eso no gusta. Levanta ampollas. Hay quien ya no encuentra divertido a Goyo y le llama aguafiestas. Es duro, pero la terapia le ayuda a enfrentarlo y, fíjate, yo creo que esa pelea está haciendo que se sienta cada vez más seguro de sí mismo, de tomar sus propias decisiones aunque le presionen, de valorar estar con gente que le acepte tal como es. De valorarse. A mí, desde luego, me parece que tiene mucho más mérito un tío que ha conseguido algo así que el que tumbaba a todos bebiendo.

Hace dos años que se tomó la penúltima. Y la última, también. Sin duda lo consiguió porque antes pudo decir en voz alta “El alcohol no es bueno”: reconocer que no era un amigo. Igual que no lo fueron otros.

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Relato de una adicta al alcohol: “Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

Ahora vives dentro de mi vientre. Flotas tranquilo y feliz en tu burbuja. Te protejo. Nacerás, crecerás, te enfrentarás a la vida con mi ayuda y un buen día por ti mismo. Para ti.

Yo tuve que hacerlo por mi cuenta. Mi madre, tu abuela, hundida en su depresión, su cariño siempre lejano y añorado y yo responsable de que comiera, de que se duchara, de que se alejara del abismo del balcón, de que pudiese soportar la presencia de su marido sin romperse. Ella y mi padre, tu abuelo, se habían separado, pero una enfermedad hizo que volviera. En terapia me he permitido entender cómo me convertí en quien cuidaba la enfermedad de cada uno y la lucha entre los dos, cuando solo era una niña que necesitaba que la cuidaran.

“Y me hice de un amigo peligroso para sostenerme: el alcohol”.

A veces el día se hacía difícil de soportar. Mamá con una recaída, arrastrando los pies y las ojeras por la casa, como quien va llenándola de nubes grises. O mi padre ingresado de nuevo en el hospital, conmigo como única compañía. O ese viaje de fin de curso, esa fiesta de cumpleaños, esa excursión a la que iría el chico que me gustaba… tantas cosas a las que tuve que renunciar.

 

 

“La primera cerveza la tomé en el parque con los compañeros, el último día de colegio. Sabía amarga, pero me aturdió la cabeza tan dulcemente que volví a repetir. A repetir. Y a repetir”.

 

 

 

Cada vez más a menudo. Cada vez más cantidad. Su amargura se convirtió en el sabor más agradable, porque con él mi mundo se esfumaba, se convertía en un minuto de alegría eterna con mis amigos. Unas veces reía y bailaba con ellos; otras, lloraba, deshaciéndome de esas lágrimas que no podía mostrar a nadie más.

Mis amigos y yo fuimos separándonos. Ya adulta y sin la responsabilidad de mis padres, me había quedado con ese mal amigo que no iba a irse fácilmente: el alcohol. Aún le necesitaba. Con él había ido aprendido a enfrentarme al dolor, a las preocupaciones, a las responsabilidades, a las relaciones difíciles, a varios fracasos amorosos, al aislamiento mientras estudiaba mi oposición. Y a mí misma.

“Con veinticuatro años ya bebía a diario. Casi siempre sola”.

Eso lo echó todo a perder con Óscar. A él siempre le pareció que yo bebía más de lo normal. Comencé a no hacerlo cuando salíamos. Pero no podía pasar ya sin beber. Me temblaba el cuerpo. No pensaba con claridad. Bebía en casa, a escondidas, mientras él estaba trabajando. Cada día intentaba no hacerlo. Y cada día me decía “sólo un botellín, eso no hace mal a nadie”. Entonces yo misma decidí no tener ninguna clase de alcohol en casa. Pero terminé saliendo a comprarlo en cualquier sitio, con urgencia, como uno de esos borrachos furtivos que esconden la botella en el bolsillo de la gabardina. Yo iba escondiendo botellas y latas detrás de los muebles de la cocina o en las cajas de zapatos.

Cuanto más oculto, menos peligro de que me descubriese Oscar; y de que yo descubriese en quién me había convertido. Pero podía esconder las botellas, no mi mirada vidriosa, el aliento de fuego y aquella forma de perder el control cuando discutíamos, le gritaba y tiraba cosas al suelo.

“Oscar se fue. Con treinta y siete años volví a quedarme sola, tan sola como aquella niña habitando una casa gris donde convivía con dos fantasmas vivientes”.

Cuando se me pasó la borrachera vacié la última botella que tenía en casa por el lavabo. Mientras veía cómo la cerveza giraba y desaparecía por el desagüe, me prometí que eso es lo único que se iría por el desagüe. No mi vida. No mi oportunidad, tal vez la última, de tener un hijo. De tenerte a ti.

Ha sido difícil romper con ese siniestro amigo. La terapia hizo que comprendiera dónde estaban las raíces de mi pasado sobre las que sustentaba su poder. Que encontrara en mí esa fuerza y ese amor por mí misma que necesitaba para arrancarlas.

Deseo desde hace mucho tenerte, hijo mío, pero ahora entiendo que solo podías llegar ahora, cuando estoy preparada. Con esa fuerza verdadera, con este amor nuevo. No solo porque mi sangre ya no está envenenada, sino porque no echaré sobre ti la carga de mis cargas, ni la imagen de mi adicción. Ahora seré la madre que te proteja, te cuide y te prepare para caminar solo. Para que nunca necesites como muletas a un amigo destructor.

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“Algo cálido e inalcanzable” o cómo un director de multinacional abandona su adicción al sexo y Cocaína

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Alicia Pérez

“Él no era, ni sería nunca, un animal hermoso. El mundo era lento y frío. Sin embargo existía una cosa cálida que las mujeres tenían entre las piernas; pero él no tenía acceso a ella”. (1)

Bruno cierra el libro. “Las partículas elementales”, Michel Houellebeq. Se ha reconocido en esa frase, como si el autor hubiese contemplado por una ventana al muchacho de hace cuarenta años, aquel que se convertiría en Bruno Arrianza, director de una multinacional, esposo, padre y ex adicto. El terrible Houellebecq escribe sin concesiones; la realidad duele sin concesiones. Pero si alguien ha escrito eso, las vivencias de Bruno no están fuera de lo común. Se siente comprendido y se comprende desde las páginas escritas por un desconocido. ¿Cuánto hace que no leía una novela? Es uno de esos placeres que su obsesión por el sexo y la cocaína no le habían dejado disfrutar en muchos años.

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Respira hondo, reposa la cabeza en la hamaca y cierra los ojos, desmenuzando las palabras que acaba de leer. Allí está el origen de su adicción, lo comprendió en terapia. Ese “mundo lento y frío”, la crisis de la adolescencia, la tensión de una carrera durísima; él también deseaba el calor de una entrepierna de mujer. Sus amigos tenían éxito con las chicas. Bruno envidiaba sus pectorales, su estatura, su verborrea. Él, en cambio “nunca sería un animal hermoso”. Tenía inteligencia y perseverancia. Eso no impresionaba a las chicas de su edad, pero Bruno supo que no le faltaría nunca dinero para comprar ese calor que necesitaba. La noche que se licenció como ingeniero en Telecomunicaciones fue la primera vez que pagó una prostituta.

Una descarga de la tensión. Placer para aliviar los problemas. Además, en aquellos encuentros Bruno se convertía en el macho alfa por unas horas. No tenía que demostrar nada ni le causaba malestar saber que aquellas mujeres no estaban con él por deseo. Una buena profesional sabía hacerle sentir deseable. Importante. Seductor. Es un juego, siempre lo supo, pero le servía de refugio y de vía de escape. Era su derecho, lo había conquistado. No iba a renunciar a él, se decía; sin comprender que ya no era libre para decidirlo.

Cuando conoció a Laura pensó cambiar: una mujer le quería y le deseaba tal como era; cálido y a su alcance, tenía el refugio al que regresar después de un agobiador día de trabajo y podía disfrutar de un sexo con verdadera atracción mutua. Pero al poco tiempo estaba frecuentando los mismos prostíbulos. Se casó con Laura, pero seguía necesitando esa vía de escape. Semana tras semana, año tras año, sin darse cuenta, el sexo había dejado de ser algo que le ayudaba a relajarse, a rendir en su trabajo, a relacionarse con los demás con más seguridad. Se había  convertido en el centro alrededor del cual giraba el resto de su vida.

A  pesar de estar felizmente casado, la obsesión por el sexo no le dejaba disfrutar plenamente

Ya habían nacido sus dos hijos cuando le ofrecieron cocaína por primera vez. Su cerebro, controlado y lógico, se agarró con fuerza a aquel nuevo refugio que le permitía desconectar. Había pasado de los cuarenta, sus erecciones eran cada vez más difíciles y cortas; la cocaína hizo que el sexo fuese aún mejor que antes.

Su trabajo en la multinacional se convirtió simplemente en el medio para pagar sus adicciones. Y las adicciones hacían que su cerebro cada vez estuviese menos lúcido, sus nervios menos templados, las excusas para su doble vida más difíciles de sostener. Su trabajo comenzó a peligrar. ¿Y su familia? ¿Dónde quedaba? ¿Aplastada entre esos dos pilares tambaleantes? Podía haber perdido para siempre el amor de Laura, que terminó por enterarse de todo pero siguió apoyándole y exigiéndole, recaída tras recaída. El respeto de sus hijos, que siempre le creyeron capaz de conseguirlo. Sus nietos, que corretean ahora por del jardín, y de los que no hubiera podido disfrutar. Esta tranquilidad de no montar complicadas historias para ocultar sus escapadas. Envejecer con dignidad, sin sentirse continuamente culpable, sin control, víctima de sus adicciones. (2)

Tras varios intentos, Bruno lleva dos años de abstinencia de la cocaína y disfruta del sexo

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Esta ha sido la quinta vez que lo intenta. La definitiva. Lleva dos años de abstinencia. Gracias a ese esfuerzo no ha perdido todo: ha ganado el derecho a disfrutarlo.

Vuelve a abrir el libro:

“Muchos años después, seguía en la duda. Aquellas cosas habían pasado; tenían relación directa con un chico tímido y obeso, cuyas fotos guardaba. Ese chico estaba relacionado con el adulto devorado por el deseo en que se había convertido”

Bruno sonríe. Vaya con el escritor. Sí, a veces duda y se sorprende de haber hecho todas las cosas que hizo. La meta de su vida había sido sexual, pero estaba cambiándola ahora gracias a que, por primera vez, no rechazaba a aquel chico tímido y poco agraciado que fue. Sabía que era parte de él. Le aceptaba y comprendía. Le consolaba. Y, como un fantasma que cumple su misión y al fin puede partir, Bruno ya no tiene que alimentarle con ninguna adicción. El mundo ya no es tan frío. Bruno vuelve a cerrar los ojos y siente ese calor. Las voces y las risas de sus nietos jugando al escondite son un regalo. “Tengo tanto que agradecer por haberme encontrado con ese psicoterapeuta …”

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La mujer del póster

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernandez
Ilustraciones: Isabel Osma

-Miguel, tienes una novia que no te la mereces. Lo mismo es una chica lista y se arrepiente esta noche.

Una broma sin más de un amigo, la frase típica en una típica despedida de soltero. Pero Miguel no ha dormido bien, dándole vueltas. Y peleando entre el deseo de volver a su evasión para olvidar su angustia o dominarse. A la luz de la mañana distingue su traje de boda, colgado en la puerta del armario. Sí, su amigo no tenía ninguna mala intención. La gente que le rodea siempre ha creído que Miguel tiene seguridad de sobra, que se le puede hablar así sin acomplejarle. Es un hombre alto, atlético, de rasgos agradables, a quien las mujeres persiguen desde que tiene uso de razón.

Muchas de esas mujeres le acusaron de engreído y de insensible. La timidez, el miedo y la culpa se disfrazan de muchas maneras. Lo que parecía soberbia y distancia era miedo al sexo, a no quedar bien, a no saber cómo. Y la imagen contagiada por su familia del sexo como algo sucio, lo que hacía que se sintiese incómodo y no terminase de funcionar bien en la cama.

adiccion al sexoNinguna de esas mujeres, ninguno de sus amigos, sospecharían que ha sido adicto al porno durante años; él, que podría haber tenido un rollo siempre que quisiera. Ahora mismo, a unas horas de casarse,  se obsesiona pensando si no vale lo suficiente para su novia, si va a perderla, y se desespera por no poder encender el móvil y, como habría hecho antes, abrir una aplicación de sexo virtual, masturbarse y relajar esa tensión. Esas dudas.

Al principio fueron las revistas porno. Esas que iba cambiando de escondite para que no las encontrara su madre. Miguel se obsesionó tanto con una de las modelos de aquellas revistas que, si cierra los ojos, aún puede recordar sus curvas, sus labios y su estudiada mirada de deseo. La mujer del póster central que siempre le acompañó en sus fantasías.

Entonces aún había chicas reales en su vida. Eso sí, relaciones cortas, esporádicas. Entonces aún tenía pelo. Pero pasó de los treinta, y ya no era raro que un amigo le dijera con sorna que “no tenía un pelo de tonto”, o que conociera a una chica en un bar y le creyera diez años más viejo. Miguel tiene cada vez más miedo al rechazo, cree que ha perdido su atractivo. Sumado al miedo de siempre, el miedo a que, si no le rechazan… ¿cumplirá después las expectativas? La chica del póster nunca le exigió nada ni se fijó en su aspecto.

A cambio de su pelo recibió un regalo del destino, o una maldición, llegó Internet, y el porno, que ya había comenzado a moverse y a gemir en las películas, ahora tenía otra dimensión: interactuar. Miguel ya no soñaba con una modelo porno: podía verla y ser visto, hablarla, escuchar sus susurros y el modo en que se ponía caliente, y él podía excitarse  aún más, imaginando que la seducía, él, con su calva y con sus inseguridades.

 ¿Qué había de malo en ello?  No hacía daño a nadie. Era un entretenimiento como el de otros; a él no le gustaba tanto el fútbol y las series de televisión no eran suficiente.

Los adictos al porno pueden llegar a perder relaciones sociales

Pero Miguel encontraba tanta satisfacción en su entretenimiento que fue perdiendo el resto de su vida. Cuando quiso darse cuenta se pasaba horas masturbándose; apenas salía de casa porque prefería esa relación fácil a cualquier otra real; no contestaba el teléfono para no interrumpir sus encuentros virtuales. Se conectaba cuando quería sentirse satisfecho, aunque la insatisfacción creciera después. Cuando su vanidad fallaba porque había recibido una crítica, pero también como premio cuando había triunfado. Cuando estaba aburrido y cuando tenía una montaña de trabajo atrasado sobre el escritorio. Para consolarse, cuando murió su padre, y para celebrarlo, cuando nació su sobrino; llegó tarde al tanatorio y al hospital.

adiccion al sexoCuando conoció a Alicia y deseó tener una relación real con una mujer real, sintió que ya no era capaz de hacerlo. Necesitaba ayuda.

Gracias al control de estímulos al que se prestó en terapia (un programa en el móvil y en el ordenador le impedía entrar a ver porno) pudo comenzar una abstinencia, dura, pero que le permitió distanciarse de su obsesión y empezar el verdadero proceso de su recuperación: hablar con el psicólogo de una forma abierta y sincera, verse capaz de sanar, aceptar sus fantasías, ser más objetivo consigo mismo, entender de qué huía con su adicción y qué perdía huyendo, comprender la importancia de controlarse para ganar una vida satisfactoria con una mujer que le encuentre atractivo, interesante, buen amante, por él mismo. Verse con otros ojos a través de una mujer real, no de una de papel. Y perder el miedo al sexo. Al sexo real. Disfrutarlo.

La adicción al porno y al sexo tienen solución

Eso fue hace un año. Va a casarse dentro de unas horas. Ya no tiene esa aplicación que le impide buscar sexo fácil. No la necesita. Pero está nervioso, inseguro. Es un sentimiento antiguo. Para el que hay respuestas nuevas. Reales. Valiosas. Coge el móvil. Activa la vídeo llamada.

                -Hola Alicia, amor. Estoy hecho un puro nervio. Tengo tantas ganas de estar contigo que tenía que llamarte.

                Una risa fresca y una mirada provocadora responden al otro lado de la pantalla.

                -Ummm…Me encanta. Pareces un adolescente enamorado, jajaja. Yo también estoy hecha un puro nervio de las ganas de verte esta noche…y todas las demás.