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La penúltima copa: la historia de Goyo y su adicción al alcohol

Creador: Fernando Botana
Autora: Loren Fernández
Ilustraciones: Isabel Osma

 

¿Sabes que Goyo lleva dos años sin beber? La primera vez que llegó borracho a casa tenía doce. Su padre preguntó entre risas a su madre si le había dado un caldito al niño, como si viniera de realizar lo que toca a su edad, casi una hazaña. Seguro que tú, como yo, piensas que eso es una barbaridad, pero no me niegues que parece que beber es bueno, es enrollado, es pura fiesta, ese puntillo que te libera, los borrachos que hacen reír. ¿O…quizás no sea tan bueno?

Goyo aprendió que gracias al alcohol podía ser el alma de la fiesta. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero pronto empezó a sentirse una marioneta incapaz de salir y no beber.

 

Que era bueno le enseñaron a Goyo, como a tantos. Un niño tímido y algo torpe que aprendió que, gracias al alcohol, podía ser el centro de la fiesta. Me contó que con trece años ya bebía con sus amigos en la plaza de su pueblo. A su padre le parecía normal, cosas de hombres, se sentía orgulloso cuando le decían “¡Menudo es tu chico! no le tumba nadie”. Pasaron los años y seguía aguantando más que nadie, bebiendo para relacionarse, invitando siempre a otra ronda, la única forma de pasar el tiempo. Goyo no se esforzaba por ser sociable, divertido, caer bien. Bebía y entonces se desinhibía, reía, le hacían caso. Hasta ligaba, aunque no se enterase de mucho. Pero cuando la borrachera pasaba Goyo volvía a ser él mismo. Y ya ni siquiera sabía quién era, porque beber era una forma de huir continuamente de sí mismo.

El alcohol no le ha dejado oportunidad para madurar. Me confesó que se siente como si hubiera vivido durante veinte años en un túnel; durante ese tiempo no ha sido más que una marioneta que ya no sabía salir con amigos, acercarse a una chica o pasar una tarde en casa, sin beber. Sin anestesiarse para ser otro. Sin preguntarse quién era y si, al final, no sería alguien lo suficientemente interesante como para disfrutar siendo él mismo.

 

A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum.

 

 

El cuerpo le pedía alcohol y siempre encontraba una excusa

A muchos nos parecía interesante. Seguro que tú también tienes algún amigo con ocurrencias de borracho que te hacen reír, pero del que piensas. “Con lo majo que es, por qué necesitará eso. Ya no le no veo un día completamente sobrio, se va a hundir”. A Goyo unos se lo decíamos, y se enfadaba; pero otros le seguían animando. Hasta que se lo dijo su novia. Primero como un consejo; al final, como un ultimátum. No está dispuesta a crear una familia con alguien que se escape de los problemas o los cree, en lugar de afrontarlos.

Goyo seguía pensando que no era un alcohólico, pero reconocía que, si iba a casarse, tenía que sentar la cabeza. Así que respondió “Vale, lo dejo. No tengo ningún problema”. En unas semanas comprobó que eso era un autoengaño. Un imposible. El cuerpo le pedía alcohol. Y siempre encontraba una excusa. Una cerveza fresquita, lo único que le quitaba la sed. Un cliente a quien invita a comer, cómo le va a hacer el feo de no acompañarle con el vino. Un amigo con el que celebrar un ascenso, un campeonato, un cumpleaños; brindar con agua no es brindar. Ninguna copa era la última. Siempre era la penúltima.

En busca de ayuda profesional

Goyo fue a pedir ayuda a un psicólogo especialista en adicciones. Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera. Ahora, si ve un borracho durmiendo en un banco del parque ya no se ríe; le entristece un hombre sin control en una situación humillante, que despertará machacado y con necesidad de volver a beber para sentirse mejor. Si ve una pandilla de chicos y chicas haciendo botellón, ya no envidia cómo se “divierte” la juventud: sabe que alguno de ellos tendrá una experiencia de la que avergonzarse o arrepentirse, perderá el conocimiento, se vomitará encima, abusará de otra persona o será abusada, tendrá un accidente…

 

Desde esa primera sesión comprendió que era un reto, pero que iba a tener ayuda para conseguirlo. Tomó la decisión, se comprometió con la terapia. Y también fue comenzando a ver las cosas que pasaban a su alrededor de otra manera.

 

Nunca me había parado a pensar en lo difícil que es alejarse del alcohol en nuestra sociedad, hasta que me lo contó Goyo. ¿Te imaginas lo que cuesta contenerse para no consumir algo que está por todas partes y que te anuncian como “bueno”? ¿Explicarle cada vez a los amigos, la familia, los compañeros que te insisten, que no vas a beber más? Para algunos es como si cuestionases el que ellos beban…y eso no gusta. Levanta ampollas. Hay quien ya no encuentra divertido a Goyo y le llama aguafiestas. Es duro, pero la terapia le ayuda a enfrentarlo y, fíjate, yo creo que esa pelea está haciendo que se sienta cada vez más seguro de sí mismo, de tomar sus propias decisiones aunque le presionen, de valorar estar con gente que le acepte tal como es. De valorarse. A mí, desde luego, me parece que tiene mucho más mérito un tío que ha conseguido algo así que el que tumbaba a todos bebiendo.

Hace dos años que se tomó la penúltima. Y la última, también. Sin duda lo consiguió porque antes pudo decir en voz alta “El alcohol no es bueno”: reconocer que no era un amigo. Igual que no lo fueron otros.

 

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